This June 12 marks the entry into force of the new European Union Migration and Asylum Pact. Presented as an advance in the effectiveness and uniformity of the community migration policy, it is in fact the consolidation of the border securitization industry, an open door to human rights violations and the surrender to private companies of millions of sensitive personal data. The Pact drags Europe into a dark and unknown territory.
The Article 2 of the Treaty on the European Union (EU) sets out the principles that form a common identity: “The Union is founded on the values of respect for human dignity, freedom, democracy, equality, the rule of law and respect for human rights, including the rights of persons belonging to minorities. These values are common to the Member States in a society characterized by pluralism, non-discrimination, tolerance, justice, solidarity and the equality between women and men”. If this is true, how can the entry into force of the European Migration and Asylum Pact (PEMA) protect European values while violating the rights of others? Behind the rhetorical facade of the Pact and its legitimate commitment to harmonize the EU’s vision and practices of migrationthere hides a very different ideological project: the neocolonial fabrication of a white, educated, homogeneous, affluent and self-satisfied European society as the engine of the distinction between a “us”, the Europeans, and the “others”, those who come from outside. Specifically, those who come from a reality of inequality, poverty and racial diversity that we do not want near.
The new PEMA, which will come into force this June 12, 2026, has its origin in 2020, when the European Commission announced the launch of a series of regulations that would implement an effective European asylum system. The previous European Pact on Migration, adopted in 2008, had been widely questioned for its inability to manage the reception crisis of 2014-2016, triggered by the forced displacement of the Syrian war and the reluctance of some member states to comply with the solidarity quotas pledged. The agreement on the new PEMA was closed under the Spanish presidency of the Council of the European Union in December 2023, and was adopted by the EU Council on May 14, 2024. Composed of nine regulations and one directive, it rests on the pillars of border securitization, efficiency in migratory management and the establishment of a mechanism for sharing migrants and costs among the Union’s member states.
“This Pact is not the result of a rational analysis of the migratory phenomenon, its challenges and its opportunities in 21st-century Europe”
La coordinación efectiva entre los Estados miembros y la armonización de una política de gestión migratoria que haga frente a los desafíos de la movilidad humana son aspiraciones legítimas y deseables. Pero este acuerdo cumple solo en parte, y con consecuencias inaceptables, estos objetivos. La omisión de planes de integración o inclusión, así como de medidas sustanciales para la gestión de la movilidad laboral, conforma un régimen de rechazo hacia la inmigración y su reducción a la categoría de problema. Este Pacto no es el resultado de un análisis racional del fenómeno migratorio, sus desafíos y sus oportunidades en la Europa del siglo XXI; es la consecuencia de la intensa presión política de los movimientos xenófobos, de un Parlamento Europeo con presencia mayoritaria de partidos conservadores y ultras, y de un discurso populista ampliamente extendido en la conversación pública y en los mensajes de muchos gobiernos, incluyendo a los de centroderecha y centroizquierda.
Los contenidos del PEMA han sido abiertamente cuestionados por juristas y organizaciones defensoras de los derechos humanos. La lista de riesgos sobre los que alertan es amplia: la indefensión en los procesos de triaje en frontera; la normalización de la ficción de “no entrada” —que implica que las personas que han accedido de forma irregular no sean consideradas en territorio europeo—; o la discrecionalidad de los Estados a la hora de decidir el reasentamiento y la aplicación del concepto de “tercer país seguro”. De acuerdo con este criterio, un migrante que en su trayectoria ha pasado por un país considerado “seguro” —Marruecos o Bangladesh, por ejemplo— debería haber realizado allí, y no en Europa, su solicitud de asilo.
Cada una de estas medidas casa mal con el respeto a los derechos humanos, la dignidad y la percepción positiva de la migración, y tendrá consecuencias reales sobre quienes busquen en la UE una oportunidad de prosperidad o de protección.
Mención aparte merecen dos novedades del PEMA que legalizarán y promoverán políticas que no solo vulneran los derechos humanos, sino que alimentan la muy lucrativa industria del control migratorio, un ecosistema de lobbies ideológicos y económicos cuya posición y actividad están en el origen del Pacto que ahora entra en vigor. La primera de estas novedades es la que legaliza la creación de los llamados “centros de retorno”.
El Reglamento de Retornos —que también reemplaza al existente (2008) y ha sido consensuado recientemente por el Consejo y el Parlamento Europeo— determina que estos centros serán establecidos en terceros países considerados seguros para confinar a los inmigrantes que hayan entrado de forma irregular y que hayan sido deportados a un país diferente al suyo de origen. Es decir, legaliza la creación de centros como los promovidos por la primera ministra Meloni en Albania —que fueron rechazados por los tribunales de Italia y de la Unión Europea— o legitima las conversaciones promovidas por Dinamarca para la creación de centros similares en Ruanda. También establece la posibilidad de realizar acuerdos o convenios de retorno con terceros países, siempre y cuando se garantice el respeto a los derechos humanos, las modalidades de traslado y las condiciones de estancia a corto o largo plazo.
“Los centros cumplirán su objetivo primordial: responder al discurso xenófobo manteniendo a las personas solicitantes de asilo fuera del territorio europeo”
Lo que no encontrarán en el texto aprobado, lamentablemente, es una mención a las herramientas específicas para garantizar esos derechos, cuya violación es práctica habitual en modelos similares de otros países. La creación de estos centros, su mantenimiento y los acuerdos de cooperación paralelos con los países que los acogjan no solo elevarán exponencialmente los costes de acogida a la llegada a Europa, sino que debilitarán el sistema internacional de asilo y reducirán el ascendiente internacional de la UE en materia de derechos humanos. Pero cumplirán su objetivo primordial: responder al discurso xenófobo manteniendo a las personas solicitantes de asilo fuera del territorio europeo.
La segunda medida está contemplada en el nuevo Reglamento de Eurodac, una base de datos de información personal y biométrica común que, a partir de la entrada en vigor del Pacto, almacenará durante cinco años los datos de las personas que hayan entrado de forma irregular (hasta ahora se conservaban durante dieciocho meses en el caso de las personas interceptadas en fronteras exteriores o sencillamente no se guardaban cuando la persona ya se encontraba en un Estado miembro). Esto incluye los datos de menores a partir de los seis años de edad y la información biométrica de los migrantes, que podría ser puesta a disposición de Europol y de las policías nacionales. La recogida de datos personales y biométricos debería estar estrictamente regulada para garantizar la protección de datos y la privacidad de las personas registradas en la misma, sobre todo teniendo en cuenta que las aplicaciones tecnológicas y la gestión de los datos están en manos de empresas privadas cuyas condiciones de contratación y acceso a la información no siempre son públicas, al estar sujetas a cuestionables criterios de seguridad nacional. Nuestras investigaciones acerca del uso de este tipo de tecnologías en las políticas europeas de control migratorio no nos hacen albergar muchas esperanzas sobre la pulcritud legal y ética en su utilización.
“Los gobiernos deben preguntarse cuál va a ser el coste económico y social de la securización de fronteras frente a políticas alternativas de inclusión y de permeabilidad laboral”
La entrada en vigor del Pacto de Migración y Asilo marcará durante décadas la política migratoria europea, lo que debería obligar a los gobiernos nacionales y a las instituciones de la UE a responder ante la ciudadanía algunas preguntas fundamentales: cómo piensan aplicar en cada territorio las medidas efectivas que se derivan de su entrada en vigor; cuál va a ser el coste económico y social de la securización de fronteras frente a políticas alternativas de inclusión y de permeabilidad laboral; o qué empresas y lobbies se beneficiarán de su aplicación. Por encima de todo, hasta qué punto son compatibles los principios éticos y legales que inspiraron la creación de la Unión con la vulneración de los derechos humanos de las personas migrantes.
Tras años de comportamientos inaceptables pero jurídicamente cuestionables de muchos Estados miembros, el PEMA ofrece una coartada legal a las peores pulsiones políticas de una UE que se interna en un territorio oscuro y desconocido. A partir de este 12 de junio, los valores de la Unión Europea serán aún más vulnerables a la desinformación y los populismos que utilizan la migración como arma electoral. Pero, si perdemos nuestros valores, ¿qué futuro le queda a Europa?