A Decade After Brexit: The Bill

June 27, 2026

El día que el Reino Unido se quedó sin primer ministro volvió a coincidir, casi al milímetro, con el aniversario de la decisión que lo dejó sin rumbo. Una década después, los datos dicen que el Brexit no liberó al país ni le trajo prosperidad económica. En cambio, lo dejó demasiado lejos de Europa para recuperar sus ventajas y demasiado dependiente para romper completamente con el continente.

Keir Starmer anunció su dimisión la mañana del 22 de junio de 2026, ante el número 10 de Downing Street y a un día escaso de cumplirse diez años del referéndum del 23 de junio de 2016. La coincidencia no es solo poética. Starmer es el sexto inquilino de Downing Street en una década: antes que él, David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak cayeron, directa o indirectamente, arrastrados por la resaca de aquella votación y por la imposibilidad de gobernar un país que pidió una cosa abstracta y emocional —”recuperar el control”— y recibió otra muy concreta: fricción comercial, inflación importada y una política nacional en estado de combustión permanente alimentada por un auge populista significativo. Su sucesor más probable, Andy Burnham, el “rey del norte” tras su paso por la alcaldía de Manchester, aspira a heredar un partido que ganó por 174 escaños en 2024 y que hoy se desangra en las encuestas.

“Starmer es el sexto inquilino de Downing Street en una década: antes que él, Cameron, May, Johnson, Truss y Rishi Sunak cayeron arrastrados por la resaca de aquella votación”

Ese es el telón de fondo de un teatro cuya puesta en escena pasa por un laborismo que arrasó hace menos de dos años en las elecciones, pero que se ha hundido hasta el 19% en intención de voto en las encuestas, empatado con unos conservadores igual de menguantes y muy por delante de Reform UK, el partido de Nigel Farage, que ronda el 27%. El paradójico desenlace deja a este partido como el más beneficiado por el descontento, a pesar de que su líder estuvo al frente del Leave.

El golpe llegó despacio y se quedó

El mejor balance posible de la efeméride plebiscitaria lo acaba de publicar el Global Trade Policy Observatory en el dosier Brexit, Ten Years On. La conclusión en el plano macroeconómico apunta a que el PIB británico de 2025 se sitúa entre un 6% y un 8% por debajo del escenario que habría existido sin Brexit, un coste mayor y más persistente que el que pronosticaban casi todas las previsiones previas al referéndum. Es decir, no fue ni el shock súbito que temían los agoreros de 2016 ni la minucia que prometían los partidarios: llegó despacio, caló hondo y golpeó primero a los más débiles.

“El paradójico desenlace deja a Reform UK como el más beneficiado por el descontento, a pesar de que su líder estuvo al frente del ‘Leave'”

El detalle por canales lo confirma. En bienes, el Tratado de Comercio y Cooperación recortó un 25% las importaciones británicas desde la UE respecto al resto del mundo, y las exportaciones de bienes siguen un 18% por debajo de su media de 2017-2019. Aunque aquí el dato que más importa es el de la composición: el número de microexportadores a la UE cayó un 31% entre 2019 y 2024, y el de pequeños exportadores un 22%, mientras las grandes empresas quedaron prácticamente intactas. Dicho de otra manera, el comercio no se encogió tanto como se estrechó sobre quienes podían absorber el coste fijo de las nuevas aduanas. La política, en este caso, actuó como redistribución del daño: el Brexit fue regresivo también aquí, y el 10% más pobre soportó una subida del coste de la vida un 52% superior a la del más rico.

Global Britain, el proyecto que revitalizó lo que quería sustituir

La promesa compensatoria del Brexit era comercial: liberada del “yugo” de Bruselas, una Gran Bretaña “global” firmaría más acuerdos, más rápido y mejor adaptados a sus ventajas. Una década después, el balance es demoledor en su sobriedad. El Reino Unido demostró capacidad institucional —reprodujo 37 acuerdos de continuidad heredados de la UE—, pero solo cerró cuatro acuerdos exclusivamente novedosos: con Australia, con Nueva Zelanda, la adhesión al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico y con India. Su ganancia conjunta estimada de PIB a largo plazo es de apenas el 0,32%.

“El Brexit fue regresivo en la redistribución del daño y el 10% más pobre soportó una subida del coste de la vida un 52% superior a la del más rico”

La comparación con la UE acaba siendo cruel. En el mismo periodo, Bruselas cerró o modernizó acuerdos con socios cuyo PIB combinado —10,1 billones de dólares— casi duplica el de los socios británicos —6 billones—, incluido el colosal pacto con Mercosur. El caso de India lo resume: el acuerdo británico cubre el 92% de sus exportaciones y una cuota de 37.000 vehículos al año; el europeo, el 99% y 250.000 vehículos. El tamaño del mercado, no la agilidad regulatoria, sigue mandando en la mesa de negociación. La paradoja que subraya el informe es perfecta: al intentar emanciparse de la política comercial europea, el Reino Unido contribuyó a revitalizarla, forzando a una Comisión antes lenta a acelerar su agenda.

¿Y la prometida reorientación hacia los mercados dinámicos del Indo-Pacífico? No ocurrió. En 2024, la UE seguía siendo destino del 41% de las exportaciones británicas, frente al 42,3% de 2015. Una caída de 1,3 puntos en una década. La geografía, la proximidad y medio siglo de cadenas de valor integradas pesan más que cualquier eslogan. Global Britain funcionó, concluye el informe, más como un proyecto político para dar coherencia al Brexit que como una estrategia que reorientara el comercio.

La City se fragmenta, Europa no construye alternativa

En finanzas, el relato no es el de un colapso, pero está lleno de matices. Londres perdió su condición de capital financiera indiscutida de Europa, pero —y esto es lo decisivo— el continente no ganó nada coherente a cambio. Más de 440 firmas trasladaron alguna actividad a la UE y unos 900.000 millones de libras en activos bancarios se reubicaron, pero el trabajo se dispersó: París, Fráncfort, Dublín, Ámsterdam y Luxemburgo capturaron cada uno una función, sin que ninguno recompusiera el ecosistema integrado de la City.

“Al intentar emanciparse de la política comercial europea, el Reino Unido contribuyó a revitalizarla, forzando a una Comisión antes lenta a acelerar su agenda”

Londres, mientras tanto, conservó la corona en lo más rentable: el 37,8% del mercado mundial de divisas —4,3 veces el de toda la UE junta— y el 49,6% de los derivados OTC de tipos de interés. Perdió, en cambio, la negociación de acciones, que se fue a Ámsterdam, y las salidas a bolsa, que huyen a Nueva York. Es una de las grandes claves en el apartado geopolítico: el principal beneficiario indirecto del Brexit no es la UE, sino Estados Unidos. En el momento en que Europa buscaba autonomía estratégica, el Brexit fragmentó su ecosistema financiero más competitivo sin construir una alternativa.

Energía, derecho digital, sanciones

Donde el Brexit se vuelve material es en la energía. El Reino Unido es el país del G7 que más rápido ha descarbonizado —de 445 a 126 gramos de CO₂ por kilovatio hora entre 2009 y 2025, primer país del G7 sin carbón—, pero desde que salió del mercado interior de la electricidad importa energía francesa —33 TWh netos en 2025, el 12% de su mix—, paga una prima de ineficiencia por comerciar a través de la frontera y hoy negocia su regreso al marco eléctrico europeo como demandante: dispuesto a aceptar alineación dinámica, la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la UE y una contribución a los fondos comunes. Justo lo que el Brexit prometía abolir.

“En el momento en que Europa buscaba autonomía estratégica, el Brexit fragmentó su ecosistema financiero más competitivo sin construir una alternativa”

El patrón se repite en lo digital, donde las normas británicas —competencia, seguridad en línea, protección de datos— reproducen la lógica de Bruselas con la sola excepción de la inteligencia artificial. Por su parte, en las sanciones, Londres y la UE mantienen una filosofía compartida y un alcance casi idéntico sobre Rusia pese a haberse separado en el método. Diez años de independencia formal han producido, en suma, no una divergencia, sino más bien lo contrario: una convergencia silenciosa en normativa, energía y finanzas que contradice el espíritu del Brexit.

El círculo que se cierra

Que Starmer caiga el día del aniversario, y que su salida abra paso a un laborismo que coquetea abiertamente con “una relación más estrecha con la UE” —una posición que respalda el 65% de los británicos—, cierra el círculo. El Reino Unido pasó una década intentando demostrar que podía prosperar fuera. El veredicto de los datos, y el de sus propios votantes, no es cómodo: no se trató de irse ni de quedarse, sino de quedar atrapado en el peor punto intermedio. Demasiado lejos para recuperar las ventajas perdidas de la relación estrecha; demasiado cerca, y demasiado dependiente, para caminar solo de verdad.

“Un Estados Unidos trumpista, proteccionista y poco fiable como aliado ha hecho de la cercanía europea no una nostalgia, sino una necesidad estratégica”

Hay otra cuestión que no se puede pasar por alto en el balance de esta década. Parte de lo que está empujando a Londres de vuelta hacia Bruselas no es un cambio emocional o político propio, sino el giro de Washington. Un Estados Unidos trumpista, proteccionista y poco fiable como aliado ha hecho de la cercanía europea no una nostalgia, sino una necesidad estratégica ante el declive del multilateralismo. El mismo orden atlántico que el Brexit daba por descontado se ha quebrado.

La pregunta que hereda Burnham —o quien sea— no es ya si el Brexit fue un error. Esa la han respondido las encuestas durante los últimos años. La cuestión fundamental, por el contrario, es si existe una mayoría capaz de convertir el arrepentimiento difuso en una decisión política concreta. La respuesta, diez años después, sigue sin escribirse.

Natalie Foster

I’m a political writer focused on making complex issues clear, accessible, and worth engaging with. From local dynamics to national debates, I aim to connect facts with context so readers can form their own informed views. I believe strong journalism should challenge, question, and open space for thoughtful discussion rather than amplify noise.