The world has moved up a gear in reshaping the international order. Embracing this new reality, today the discussion seems to focus on how this new order will be defined, which powers will rise, which will step back, and which principles and values will prevail during this period.
There isn’t a clear answer, but the reflections of Pol Morillas and Bruno Maçães bring closer reasons to be optimistic from a European perspective. They also realistically open a range of fronts where uncertainty is higher and where particular emphasis will be needed.
Morillas, director of CIDOB, understands the present “disruptions”—such as the war in the Middle East—as a sign that we “still doubt what shape the new order will take,” but within that uncertainty he is clear that we must talk about a “post‑Western world.”
Bruno Maçães, for his part, notes that “the fundamental problem is nostalgia” from a European perspective, especially among its leaders. Regarding the technological revolution, which both identify as one of the main accelerators of change, he says that it “may seem that Europe is falling behind, but the technological revolutions of the past were never confined to technology itself.” In other words, the implementation of these advances within governance systems can be even more decisive than the development of the technologies themselves.
Maçães y Morillas forman parte de los panelistas de la cuarta edición del curso España en el Mundo. Foto: Agenda Pública
When we try to understand where the world is heading, where should we look? What is driving this new world order?
Bruno Maçães (B. M.): In some respects, it is simply a normal transition, what scholars call a hegemonic transition. History teaches us that hegemonic cycles exist, and although some may disagree, it seems evident to me that we are undergoing one.
The American power is waning and technology is spreading across the world. In modern times, technology is a source of power, so that diffusion translates directly into shifts in its distribution.
Transformations are also taking place inside the United States. It no longer behaves as a benevolent hegemonic power, but as a declining and deeply unsettled one. And, of course, questions arise about Europe’s place in this future order, because Europe was part of the existing structure and of the hegemonic system itself.
“In the modern era, technology is a source of power, so that diffusion translates directly into changes in its distribution”
No estamos únicamente ante una transición entre potencias occidentales, como sucedió en el pasado con Portugal, España, los Países Bajos, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos. Esa ha sido la historia de los últimos quinientos años. Este es un momento especialmente importante porque, en ciertos aspectos, supone una transición que se aleja de Occidente, no una transición que se produce únicamente dentro de él.
Pol Morillas (P. M.): A partir de lo que señala Bruno, creo que estamos debatiendo dos fenómenos paralelos, ambos muy importantes para configurar tanto el estado actual del orden mundial como su forma futura.
Por una parte, hablamos de la distribución del poder en todos sus ámbitos: económico, tecnológico, militar e incluso en el terreno del poder blando, que ha sido un componente fundamental durante las últimas décadas y que ahora se está erosionando en muchos países. La distribución del poder nos ofrece una imagen del mundo en el que vivimos, pero, sobre todo, del mundo en el que estamos entrando.
Aquí aparecen los debates sobre si nos dirigimos hacia una nueva bipolaridad o si las potencias medias serán igualmente importantes y contribuirán a construir algún tipo de sistema más multipolar. Todo el mundo coincide en que no será un sistema unipolar.
Por otra parte, está la cuestión de cómo gestionar esa distribución del poder. ¿Seguiremos haciéndolo mediante mecanismos de cooperación que deben ser reformados? El sistema actual no está preparado para el nuevo mundo al que nos dirigimos ni para esta nueva distribución del poder.
Tenemos que preguntarnos si pretendemos reformar los mecanismos de cooperación existentes para gestionar el cambio climático, la inteligencia artificial, las tecnologías y los bienes públicos globales. También debemos plantearnos qué dinámicas de cooperación vamos a construir: si estamos asistiendo al nacimiento de nuevas organizaciones y nuevas formas de cooperación entre regiones, o incluso dentro de ellas, y si posteriormente esas regiones colaborarán a escala mundial mediante una arquitectura completamente nueva de gobernanza internacional.
“¿Seguiremos distribuyendo el poder mediante mecanismos de cooperación que deben ser reformados? El sistema actual no está preparado para el nuevo mundo al que nos dirigimos”
En el momento actual, con estas dos dimensiones todavía abiertas, lo que vemos es disrupción. La vemos en los conflictos, en la instrumentalización de las interdependencias y en la rivalidad entre las grandes potencias. Son disrupciones del sistema porque todavía dudamos sobre la forma que adoptará el nuevo orden. Creo que ese es exactamente el punto en el que nos encontramos.
RELATED ARTICLES

Maçães y López Plana conversan en Portugal.Agenda Pública / Ana Brígida

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente estadounidense, Donald Trump, en la Casa Blanca.Aaron Schwartz – Pool vía CNP / Zuma Press / ContactoPhoto
Ante intereses nacionales tan diferentes, ¿qué debería hacer Europa? ¿Cómo encaja todo ello en esta cooperación entre regiones y nuevos centros de poder?
B. M.: Europe must accept change and even embrace it. I think the fundamental problem is nostalgia, especially acute at this moment because of a generational issue.
The generation now in power is the one that came of age in 1989. It is so shaped by that moment that it finds it very hard to think in any other way. It is a problem that will be resolved fairly naturally through generational turnover.
We will have a generation less attached to the past and not as affected by this nostalgia. 1989 was a beautiful moment in history, almost a miracle, but you cannot live forever in the past.
I hope there will be an acceptance of the future. That means acknowledging that the world order is changing and that Europe must participate in that process. It must have the power to shape the future, though not in a hegemonic way, because that would also be nostalgia for an imperial era. It should do so as a stakeholder among many and representing its own values.
That is another of the changes taking place. We must accept something akin to a pluralism of values. China and India represent different civilizations. Europe itself is also a civilization.
We embody values that are not universal. It is to be expected that the future world order will be shaped from different places and through different contributions. It will be a kind of hybrid world order.
“I hope there will be an acceptance of the future. That means acknowledging that the world order is changing and that Europe must participate in that process”
No suelo hablar de multipolaridad, sino de hibridez o de un orden mundial híbrido, porque, en última instancia, existe un único orden configurado desde distintos lugares. No creo que vayamos hacia un orden fragmentado.
El orden siempre es global, especialmente en la era de las tecnologías avanzadas. No es posible mantener órdenes exclusivamente locales. En último término, existe un sistema global de carácter financiero, tecnológico y económico.
Europa tiene que ser una de las partes que intervengan en él. Es una cuestión de porcentajes: diferentes regiones del mundo contribuirán de distinta manera a configurar ese orden futuro.
P. M.: En esa misma línea, creo que es fundamental entender que hablamos mucho de un mundo posoccidental, y lo hacemos por buenas razones. Estados Unidos y Europa ya no están avanzando en la misma dirección, y existen múltiples actores que tienen mucho que decir sobre el presente y el futuro del orden mundial.
La entrada en esta fase posoccidental responde a que el contexto ha cambiado, tanto en las relaciones transatlánticas como en lo relativo a la importancia de otras potencias. Pero este mundo posoccidental no avanza en una única dirección ni conduce hacia un orden alternativo que excluya completamente a Occidente.
“Entering this post‑Western phase reflects that the context has changed, both in Transatlantic relations and in the significance of other powers”
No está emergiendo un sistema completo, con un nuevo conjunto de valores e instituciones, preparado para reemplazar al anterior. Eso no es lo que está sucediendo. Lo que presenciamos es la obsolescencia del orden liderado por Occidente y la necesidad de que el nuevo orden represente mejor el papel de los demás actores en su configuración.
En esta coyuntura, Europa todavía conserva capacidad para influir. Como no existe un orden alternativo ya construido, corresponde a muchos actores —y Europa es uno de ellos— contribuir a configurar el futuro. Debemos aceptar que no será el mismo orden que conocíamos y que tendrá que ser más representativo, más eficiente y más acorde con la nueva distribución del poder. Pero eso no significa que Europa vaya a ser irrelevante.
Esta oportunidad puede ser todavía mayor si Estados Unidos se repliega, porque alguien del llamado Occidente tendrá que aportar una visión sobre el futuro del orden mundial. Ahí se encuentra la ventana de oportunidad para Europa.
El problema es que Europa no siempre es consciente de estos grandes cambios tectónicos ni tiene claro qué quiere defender en este momento. En ocasiones se debe a sus divisiones internas, que limitan su capacidad para influir en la forma del nuevo orden. Otras veces responde a sus dependencias tradicionales respecto a Estados Unidos. Muchos países europeos creen que alejarse de Washington conduce a la irrelevancia, mientras que otros consideran que ha llegado el momento de la autonomía estratégica y de un papel europeo más fuerte.
Por tanto, el meollo está dentro de Europa. Debemos conseguir que nuestros interlocutores en este nuevo sistema puedan identificar una voz europea. Primero tenemos que construir esa voz y, después, comprender que el nuevo orden todavía está por construir. Esa es precisamente nuestra oportunidad.
Analysts tackling the processes of global change and the role of democracy. Photo: Agenda Pública
Me gustaría saber qué opinan sobre el futuro de la democracia. ¿Creen que será cuestionada de manera aún más amplia en Europa, teniendo en cuenta lo que ocurre en Estados Unidos y el ascenso de nuevos centros de poder?
B. M.: En primer lugar, creo que Pol ha planteado una cuestión muy importante. Vivimos con la ansiedad constante de que existe otro orden mundial plenamente construido y preparado para reemplazarnos. Proyectamos la imagen de un enemigo que espera junto a la puerta para reemplazarnos, cuando, en realidad, el futuro está abierto y también será moldeado por nosotros.
Es una idea importante y está relacionada con la cuestión de la democracia. Podríamos adoptar una perspectiva optimista —a veces somos demasiado pesimistas— y afirmar que estamos atravesando un proceso de democratización del sistema mundial. El poder estará más distribuido y los valores más abiertos a la impugnación, al cambio y al debate.
“We project the image of an enemy waiting at the door to replace us, when, in reality, the future is open and it will also be shaped by us”
En última instancia, la imagen de Fukuyama sobre el fin de la historia era extremadamente antidemocrática. Se puede discrepar: era democrática en el interior de las democracias occidentales, pero, a nivel del sistema mundial, el poder debía permanecer concentrado en determinados lugares y la forma del sistema no estaba abierta a la discusión, al debate ni al cambio. Supuestamente habíamos alcanzado el final de la historia y tanto los valores como el sistema habían quedado definidos para siempre.
Por eso este también puede ser un momento de democratización. La democracia tiene, por supuesto, una cierta ambivalencia. En democracia debemos aceptar muchas veces que la solución adoptada no será la que prefiramos porque nos encontramos en minoría. Además, la democracia es por naturaleza algo inestable, precisamente porque el resultado final permanece abierto.
Por tanto, afirmar que estamos entrando en un proceso de democratización del sistema también implica reconocer que atravesamos un momento peligroso.
Sin embargo, la herencia intelectual de Occidente —la crítica y el cuestionamiento de las estructuras establecidas, las monarquías, el clero y las jerarquías— no ha desaparecido. De hecho, ha sido asumida por India, China y el resto del mundo.
Ese cuestionamiento es, en cierto sentido, la fuente de la democracia: no debemos aceptar las estructuras sociales y políticas como algo dado o perteneciente necesariamente a la tradición, sino que deben permanecer abiertas a la crítica.
No soy pesimista respecto a la democracia. Simplemente creo que la estructura y la forma de la democracia que tuvimos en Occidente —liberal, estable y organizada— probablemente no serán las de la democracia del futuro.
Quizá se parezca más a la democracia de India, que es menos liberal y puede parecer menos estable desde fuera. Pero no necesariamente podemos concluir que sea menos democrática.
P. M.: Estoy de acuerdo en que el estado y la calidad de la democracia están en crisis. Todos los grandes institutos que estudian esta cuestión nos dicen lo mismo. Existe un giro hacia la autocracia y la calidad democrática está empeorando en muchos lugares.
Al mismo tiempo, la democracia también es resiliente, porque consiste precisamente en gestionar los cambios de nuestras sociedades. El futuro del mundo dependerá de la capacidad de adaptación. El problema es que esta adaptación se está produciendo, en el ámbito interno, en medio de una profunda transformación de nuestros sistemas políticos: la fragmentación, la polarización, el papel de las redes sociales, las noticias falsas y la desinformación.
Todos estos fenómenos nos llevan a preguntarnos si la democracia, como herramienta, está preparada para gestionar los cambios actuales. Pero eso no significa cuestionar el principio democrático. Lo que se está cuestionando es el esquema operativo mediante el cual funciona la democracia.
Nuestros sistemas políticos deben demostrar que su resiliencia les permite adaptarse a unas condiciones que han cambiado.
También coincido con la crítica de Bruno a la idea de que la democracia sea exportable: la creencia de que existe una única manera de practicarla y de que todos los demás deben aprender a hacerlo como lo hacemos en Occidente. Eso es precisamente lo que hoy se encuentra profundamente cuestionado.
Existen formas alternativas de entender la democracia. Algunas grandes potencias sostienen que también son democráticas, pero que sus sistemas necesitan una determinada dirección, y consideran que esa dirección es lo verdaderamente importante.
Hay muchas maneras de interpretar la democracia. El problema surge cuando la entendemos como algo estático, tanto dentro de nuestras sociedades como en el exterior. Si solo admitimos una concepción de la democracia, esta no podrá ser resiliente y terminará desmoronándose ante los numerosos factores que la están llevando a la crisis.
En ese sentido, la interpretación de Fukuyama era muy estática: la forma occidental de democracia sería exportada o adoptada tarde o temprano por los demás. Es una concepción estática y lineal.
“If we only accept one conception of democracy, it cannot be resilient and will eventually crumble”
Sin embargo, lo que estamos atravesando, tanto geopolítica como políticamente, se caracteriza por la falta de linealidad. Existen múltiples formas de interpretar los valores, los elementos fundamentales de una sociedad, la economía o el uso de las tecnologías. Todo es muy fluido. La democracia sobrevivirá siempre que demuestre que puede ser resiliente y adaptarse a estas circunstancias.
Para terminar, ¿cuál es el mejor argumento para mantener el optimismo sobre el futuro de Europa?
B. M.: Creo que Europa todavía conserva ventajas importantes. Mantiene una conexión con valores procedentes del pasado, especialmente con los valores de la Ilustración, que también serán importantes en el futuro.
Nuestras sociedades todavía cuentan con un amplio consenso social. Comparadas con otras, me parecen menos fragmentadas, y ese es un valor importante. Creo que estamos bien preparados para afrontar estos tiempos difíciles.
Pensemos en la llegada de nuevas tecnologías. En un primer momento puede parecer que Europa se está quedando atrás, pero las revoluciones tecnológicas del pasado nunca se limitaron a la propia tecnología. También dependieron de cómo cambiaron los sistemas sociales y económicos con su llegada.
Para gestionar ese cambio se necesitan democracias que funcionen correctamente y que sean capaces de responder. Creo que las democracias europeas están probablemente mejor preparadas para afrontarlos.
“To manage that change, democracies that function properly and can respond”
Esta cuestión me parece más importante que la mera invención de nuevas tecnologías. Lo decisivo es cómo se difunden, cómo las absorben las sociedades, cómo se adaptan a ellas y cómo aprenden a gestionarlas. Gestionar una nueva tecnología disruptiva es, en realidad, más importante que inventarla.
Estados Unidos fue extraordinario a la hora de gestionar la llegada de la electricidad, por ejemplo. Lo hizo mediante unos sistemas sociales, políticos y económicos que ahora parecen profundamente disfuncionales en Estados Unidos y mucho menos disfuncionales en Europa.
En último término, creo que nuestra política se encuentra en mejor estado que la de otros lugares. Ese será el factor determinante para establecer qué sociedades tienen más éxito.
P. M.: Para responder también desde una perspectiva positiva, creo que es fundamental comprender la política europea actual. Existe una reacción muy fuerte por parte de quienes defienden la Europa de las naciones y de los llamados patriotas, que presentan un modelo alternativo para el futuro del continente.
Hablan de devolución de competencias, de situar el poder en las naciones y no en la Unión Europea, de detener la integración, de reforzar el intergubernamentalismo e incluso de devolver competencias ya transferidas. Existe, por tanto, un modelo alternativo.
Pero interpreto este modelo como una reacción ante muchas cosas que han funcionado mal. Me refiero a la situación económica, la distribución de la riqueza, el coste de vida, las recientes crisis socioeconómicas, la inmigración y la idea de que el mundo avanzaba de forma lineal y de que no existían alternativas al poder establecido o al centro político.
La Europa de las naciones y los patriotas es, en buena medida, una respuesta al abandono de problemas reales. Para mí, esa respuesta constituye un primer paso, pero no el último.
No significa que Europa esté a punto de desintegrarse. Significa que debe reconocer la existencia de una nueva fractura que está sometiendo a una enorme presión a muchos Estados miembros: la oposición entre las voces favorables a la integración y quienes defienden la Europa de las naciones y los patriotas.
El futuro europeo puede ser positivo si entendemos que las demandas procedentes de muchos Estados miembros reclaman reformas, una nueva manera de hacer las cosas en Europa y un nuevo papel para Europa en el mundo.
“The Europe of nations and patriots is, for the most part, a response to neglecting real problems. For me, that answer is a first step, but not the last”
Necesitaremos una Europa unida, resiliente y capaz de actuar en el escenario mundial. Por eso creo que, a largo plazo, la integración continúa siendo la fórmula correcta. Mientras tanto, debemos solucionar los problemas que han impedido que esa fórmula tenga éxito o que han provocado que sea percibida negativamente por quienes defienden la Europa de las naciones.
The future is not written. The contest between these models has not finished. In fact, it has only just begun.
Thank you very much to both.