El 29 de noviembre de 2026 hay elecciones generales en España. El ambiente es ya electrificante. Como escribe Luz Sánchez-Mellado en “Yo, politóloga”, mientras los expertos escrutan los sondeos, “ahí fuera hay legiones de electores que tienen decidida su papeleta sin su ayuda”. Sobre todo porque casi todas las encuestas fallan, a veces estrepitosamente. ¿Por qué se equivocan?
La relación entre encuestas y democracia es un debate actual. Hay más encuestas políticas —sondeos— que nunca, pero sus resultados siguen siendo objeto de discusión. Este debate se presenta en el libro Strength in Numbers: How Polls Work and Why We Need Them, de G. Elliott Morris, antiguo analista de The Economist y de FiveThirtyEight. El libro defiende la necesidad de las encuestas para dar voz a la población. Argumenta que son un elemento esencial de las democracias contemporáneas. Son la mejor forma de medir la opinión pública frente a las informaciones de los medios de comunicación —incluyendo la televisión—, las redes sociales y los ideólogos. Estos medios suelen ser, en su mayoría, “amarillos”, como simples transmisores (interesados) de bulos. Pero la democracia utiliza las encuestas para responder a los deseos y preocupaciones de la población. Aparentemente no hay nada más democrático.
“Las encuestas son la mejor forma de medir la opinión pública frente a las informaciones de los medios de comunicación”
Se dice que las encuestas son ciencia, pero también arte. Tienen mucho de suerte y bastante de “cocina”. En español hablamos indistintamente de “encuestas” y de “sondeos”, incluyendo una diversidad de metodologías y estrategias. Hace años se hablaba más de “opinión pública”, que es un concepto incorporado del siglo XVIII francés. Así, el actual Gallup Inc. —una de las empresas más conocidas de sondeos del mundo— empezó denominándose American Institute of Public Opinion. Hay encuestas más o menos científicas desde hace un siglo. Pero uno de sus episodios más conocidos se produjo en 1948, cuando en Estados Unidos, contra todo pronóstico, Truman ganó las elecciones presidenciales frente a Dewey. Algo había fallado estrepitosamente en las encuestas. En las décadas posteriores hemos intentado mejorar esa metodología para aumentar su exactitud. No se ha logrado del todo.
Las encuestas sobre las elecciones en Estados Unidos de noviembre de 2024, entre Harris y Trump, volvieron a subestimar el voto republicano. Coincidían casi todas en que los dos candidatos estaban empatados, o casi. La realidad tras las elecciones fue que Trump ganó también en los siete estados decisivos. Sin embargo, la contienda fue ajustada en términos de voto popular y, según la Asociación Estadounidense para la Investigación de la Opinión Pública (AAPOR), las encuestas de 2024 fueron más precisas que las de 2016 y 2020, aunque continuaron subestimando el apoyo a Trump.
En 2016 se analizó que Trump tenía muchos votantes blancos sin estudios universitarios. Las empresas de encuestas tenían menos en cuenta a esas personas, que suelen ser más de clase baja. Posteriormente introdujeron ponderaciones por nivel educativo, pero no fueron suficientes para resolver todos los problemas. En 2020 volvieron a producirse desviaciones importantes y en 2024 persistió el sesgo, aunque de menor magnitud. Quizás una de las razones es que los votantes republicanos desconfían de las encuestas. La población que apoya a Trump puede ser más reacia a contestarlas. Hay un límite a las estrategias de compensación estadística. A pesar de las ponderaciones, lo difícil es saber lo que realmente piensan las personas. Las encuestas son instrumentos de análisis muy complejos. Pero quizás más complejos aún somos los seres humanos.
Las encuestas y la democracia: del Instituto de Opinión Pública al CIS
En España, en 1963 se crea el Instituto de la Opinión Pública. Es en plena dictadura franquista, impulsado por el ministro Manuel Fraga Iribarne. Empieza al año siguiente a producir encuestas nacionales. Luis González Seara explica sus objetivos en el texto “Pórtico”, publicado en el número cero de la Revista Española de la Opinión Pública. Entre otras cosas, afirma que “la opinión pública debe ser la ordenadora de esa convivencia en toda sociedad democrática“. Para ello, considera indispensable conocer adecuadamente las opiniones de la población.
“Hay un límite a las estrategias de compensación estadística. A pesar de las ponderaciones, lo difícil es saber lo que realmente piensan las personas”
Este planteamiento es de gran modernidad. Habla de “sociedad democrática” ya en 1965, en plena dictadura de Franco. Se pretende pulsar la opinión de la población para investigar sus actitudes. Aunque conocerlas no significa utilizar ese conocimiento para mejorar luego la gobernabilidad democrática. En regímenes autocráticos, las encuestas también se utilizan para controlar y manipular a la población.
El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en España es el heredero del antiguo Instituto de Opinión Pública (IOP) bajo el franquismo. La transición la realizó Juan Díez Nicolás hacia 1978. El catedrático y académico es uno de los españoles que más saben de encuestas. Las críticas al funcionamiento de la política también pueden encontrarse en los propios sondeos. Javier Cercas escribe en “Cómo acabar de una vez por todas con la antipolítica” que “el principal problema para los españoles es la clase política” y denuncia a los políticos que abrazan la mentira y el cinismo. En una línea similar, el catedrático y académico Fernando Vallespín señala en “Una riada de desconfianza” que las encuestas muestran una profunda desconfianza hacia los políticos, a quienes la población percibe más interesados en enfrentarse entre sí que en colaborar para resolver los problemas comunes. Ambos pensadores coinciden en que los políticos son más sesgados que las propias encuestas.
Pero en todas partes los sondeos —sobre todo los políticos— están plagados de errores y fallos. Esta es su contradicción fundamental: se equivocan, se utilizan mal, pero al mismo tiempo son un instrumento fundamental en las democracias. Hay, pues, que distanciarse de los sondeos políticos y sus errores múltiples y abrazar las encuestas como instrumentos de conocimiento sobre la realidad social. La mayoría de las encuestas que se producen son no políticas, o al menos no electorales. Su objetivo no es tratar de adivinar el futuro —lo que es típico de las encuestas electorales—, sino conocer el presente o incluso el pasado. Los errores de algunas encuestas, sobre todo las electorales, pueden dar la impresión equivocada de que todas las encuestas fallan.
“Esta es la contradicción fundamental de las encuestas: se equivocan, se utilizan mal, pero al mismo tiempo son un instrumento fundamental en las democracias”
Lo que pasa es que los sondeos políticos tiñen de errores a la investigación social actual. Sin embargo, sus aciertos son a veces llamativos. La población y los medios de comunicación creen demasiado en las encuestas, y de forma equivocada. Los medios de comunicación compran a menudo esas encuestas. Los sondeos no son capaces de dar un dato exacto de la realidad social, pero se suelen acercar bastante. Suponen más una estimación estadística que un dato exacto. Algunas encuestas publican lo que denominan “margen de error”. Otras veces publican horquillas de resultados. Pero ese dato se refiere solamente a una parte de la incertidumbre, la relacionada con el muestreo, y no recoge necesariamente todos los demás sesgos.
Hay fallos en la selección de la muestra (las personas elegidas del total de la población), pero también en la realización de las entrevistas, en las palabras y expresiones utilizadas en las preguntas, en las personas que no contestan, las que rechazan la entrevista, las que mienten, en los errores de cálculo y en la propia interpretación. Hay sesgos usuales, como sobreestimar las opiniones progresistas. A veces es al contrario. En general, faltan datos sobre las clases más bajas y las minorías. La dificultad fundamental es cómo medir perfectamente lo que quiere la población.
Las encuestas suelen ser criticadas por los gobernantes autoritarios, por las élites del poder y por muchos medios sociales. Eso es precisamente porque las encuestas son un elemento esencial de expresión de la población. Muchos ideólogos no están interesados en que se oiga la voz de la población. Las encuestas son también un instrumento de control de los gobernantes. Son además útiles para incorporar las opiniones y actitudes de la población respecto de las políticas públicas. Pueden ser un indicador del prestigio o popularidad de los gobernantes y de las instituciones principales. Los partidos de derecha suelen criticar las encuestas, pero secretamente contratan muchas.
José F. Tezanos, presidente del CIS, reconoce en el prólogo del libro Modelo bifactorial inercia-incertidumbre Alaminos-Tezanos, de Antonio Alaminos Chica y Antonio F. Alaminos-Fernández, que desde su nombramiento fue objeto de duras críticas de la derecha política y mediática. En ese mismo texto cuestiona a quienes utilizan los sondeos como instrumentos de confrontación y manipulación política. Su crítica incluye a los “mercachifles”, “adivinólogos” y “politiquillos/as” que enfrentan los datos con sus interpretaciones interesadas.
“Los sondeos no son capaces de dar un dato exacto de la realidad social, pero se suelen acercar bastante”
La realidad es que las encuestas son instrumentos de aproximación. No pueden dar datos exactos, y mucho menos con decimales que sugieran una precisión inexistente. Como mucho, miden tendencias. El propio Tezanos critica en ese prólogo la costumbre de algunos medios de destacar que un partido ha subido o bajado unas décimas cuando el margen teórico de error puede ser de varios puntos. Pero en España el Centro de Investigaciones Sociológicas todavía publica datos de prospección electoral con porcentajes que incluyen decimales. Con los márgenes de error actuales, eso puede ser una misplaced concreteness, es decir, una concreción fuera de lugar.
Ha transcurrido una centuria desde el inicio de las encuestas científicas. En 1940 se publica el clásico estudio de George Gallup con Saul Forbes Rae, titulado The Pulse of Democracy: The Public-Opinion Poll and How It Works: “El pulso de la democracia: el sondeo de la opinión pública y cómo funciona”. Creo que no está traducido. Es bonita la metáfora del “pulso de la democracia”. Luego, en 1948, Paul Lazarsfeld y otros colegas del Bureau en la Universidad de Columbia, en Nueva York, publican The People’s Choice. La confianza mundial se incrementó mucho a partir del año 2008, gracias a los éxitos de Nate Silver.
La base metodológica de las encuestas consiste en preguntar a una muestra de la población adulta que debe representar con la máxima exactitud al total de la población que vive dentro del país. Incluso representan lo que José Ortega y Gasset denominaba “las masas”, por ejemplo en La rebelión de las masas (1930), aunque en Ortega el concepto es peyorativo. Ya no se utiliza, aunque sí se sobreutiliza el término “masificación”. Pero en las modernas democracias las llamadas masas son realmente la soberanía popular. Se entiende que la gobernabilidad tiene que incorporar a la población.
Los problemas sociológicos de las encuestas son legión. Un tema adicional es que las encuestas electorales entrevistan a la población adulta con derecho al voto. No suelen incluir, pues, a los menores de edad, a los extranjeros sin derecho de sufragio, a las personas en hospitales, residencias o cárceles, ni a personas muy enfermas y vulnerables que encuentran dificultades para participar. Otras encuestas sociales tienen universos más amplios. Pero, de forma global, las encuestas representan una parte importante de la población total, determinada por el universo que se haya definido.
En la sociedad actual mucha información proviene de los medios de comunicación y, crecientemente, de los mensajes en las redes sociales. El mundo digital suele estar plagado de bulos, de noticias e informaciones falsas. Se requiere un instrumento que mida las opiniones reales de las personas y que, a su vez, sea representativo de la población que se pretende estudiar, incluyendo minorías diversas. Esa es la utilidad de las encuestas.
¿Por qué fallan las encuestas? Muestras, cuotas y sesgos
Muchas encuestas fallan, o incurren en errores, porque eligen la muestra de la población a entrevistar de forma defectuosa o incompleta. Por ejemplo, excluyen a las personas que no tienen teléfono (fijo), que no tienen móvil o que carecen de ordenador. Introducen, pues, un sesgo considerable que puede dejar fuera a las clases bajas o marginadas. Para minimizar este problema, las encuestas suelen utilizar un sistema de “cuotas”: por edad, sexo, región, nivel educativo, etnicidad, ingresos familiares u otras características esenciales (según el tipo de encuesta). Luego, con arreglo a esas cuotas, ponderan los resultados. Pero este sistema también tiene limitaciones.
“Las encuestas introducen un sesgo considerable que puede dejar fuera a las clases bajas o marginadas. Para minimizar este problema, suelen utilizar un sistema de «cuotas»”
Una muestra probabilística es lenta de elaborar y suele ser muy cara. En los viejos tiempos las entrevistas eran personales, generalmente en el domicilio de cada persona de la muestra. Luego se popularizaron las entrevistas por teléfono, con el inconveniente de no poder entrevistar más que a personas que tienen teléfono. Con el advenimiento de los teléfonos móviles se dio otro salto adelante. Las entrevistas telefónicas asistidas por ordenador se denominan CATI, mientras que las entrevistas personales asistidas por ordenador se conocen como CAPI. Pero cada vez hay más personas que no contestan al móvil. Otras personas rechazan participar en la entrevista telefónica. Según algunas empresas, las tasas de respuesta pueden ser inferiores al 10%. Como además hay que llenar las cuotas prefijadas, la dificultad de encontrar personas apropiadas que quieran contestar es un problema metodológico grave. Además, duplicar entrevistas de una misma cuota puede introducir un falseamiento metodológico de los resultados.
Otro invento reciente es utilizar internet. Eso es barato y rápido. Pero se añaden nuevos sesgos, pues el acceso a los medios digitales varía según la clase social. Modernamente se tiende a utilizar un sistema doble —entrevista telefónica y por internet—, llegando a pagar a las personas que responden o dándoles un regalo. Pero eso introduce nuevos sesgos. Se pueden incluso lograr muestras fijas, que son luego utilizadas en una variedad de encuestas vía internet. Esto se denomina “método de panel”. Tiene la ventaja de permitir entrevistar repetidamente a las mismas personas, aunque algunas se aburren y abandonan. La fidelidad es difícil de conseguir. Cada vez más se valora la rapidez en obtener resultados, teniendo en cuenta naturalmente el coste global. Pero la característica fundamental es cuán científicas son las encuestas actuales.
La metodología científica se ha sofisticado considerablemente. Pero la polémica política continúa. Muchos sesgos no se pueden atribuir únicamente a los modelos metodológicos. De quienes contestan a una encuesta electoral, una proporción estimable son personas indecisas, que no dicen a quién van a votar. Además, los que luego no van a votar suelen ser un porcentaje mayor que los que afirman en la entrevista que no van a ir a votar.
Una metodología útil es la realización de encuestas sucesivas para medir la evolución de las opiniones de la población. Es lo que se denomina el “método de los análisis de tendencias”. Una encuesta es una foto fija. El problema es cuando se pretende utilizar para predecir el futuro. Se puede observar la tendencia, pero no necesariamente acertar el pronóstico.
Otro método más actual es ofrecer una media de los resultados de muchas encuestas. Esto es relativamente barato, pues se basa en encuestas realizadas por otras empresas o instituciones. La dificultad es que se mezclan encuestas científicas y otras de calidad dudosa. Así lo hace, por ejemplo, Kiko Llaneras en El País. La agrupación de muchas encuestas sobre un mismo tema ayuda a entender la tendencia general e incluso la variabilidad de los porcentajes. Permite también evaluar los errores generales. Es en realidad un sondeo de sondeos, también llamado “metasondeo”. Prima entonces la consistencia. En agregación se suele considerar que más datos es siempre mejor. Pero eso no es necesariamente cierto. Los errores compartidos por varias encuestas no desaparecen por el hecho de calcular su media.
“Otro método más actual es ofrecer una media de los resultados de muchas encuestas. Esto es relativamente barato, pues se basa en encuestas realizadas por otras empresas o instituciones”
El trabajo de los profesionales trata de cuantificar la incertidumbre sobre el futuro que se quiere medir. Nathaniel R. Silver, nacido en Míchigan en 1978, empezó su carrera profesional pronosticando el resultado de partidos de béisbol. Acertó asombrosamente las elecciones estadounidenses de 2008. Pero no supo predecir el ascenso de Trump en 2016. Es interesante leer su libro La señal y el ruido (2012), traducido a numerosos idiomas. Silver desarrolló sus pronósticos electorales en FiveThirtyEight, teniendo en cuenta las encuestas más recientes y dando más valor a aquellas que habían sido más precisas en el pasado. En cualquier caso, medir la incerteza es quizás lo más difícil.
Se tiende actualmente a combinar distintas fuentes de información. Con los nuevos sistemas de macrodatos (big data) es posible construir bases que incluyen características básicas de un gran número de personas. Pero quienes no responden siguen siendo una incógnita. Más desarrollado aún es el sistema MRP, abreviatura de “regresión multinivel con postestratificación”, que permite estimar resultados para grupos de población a partir de modelos estadísticos. El avance tecnológico no siempre produce beneficios a nivel de encuestas. Sigue siendo difícil realizar una buena ponderación de las personas con niveles bajos de educación, de clases bajas o de minorías.
Los sondeos flash ante las elecciones del 29N
Ahora están de moda los que en España se denominan “sondeos flash“, que se utilizan sobre todo para analizar las expectativas electorales. Son encuestas rápidas, a menudo realizadas por internet, que publican estimaciones de voto y escaños pocos días después de recoger las respuestas. La rapidez es una ventaja, pero también plantea preguntas sobre la representatividad de las muestras y la precisión de los resultados.
Un ejemplo reciente es el sondeo de 40dB. publicado por El País, con 800 entrevistas realizadas por internet mediante el sistema CAWI (entrevista web asistida por ordenador) entre el 7 y el 8 de octubre. La ficha técnica recoge un error muestral declarado de ±3,5% para un nivel de confianza del 95%. Pero no explica con el mismo detalle la selección inicial de las personas entrevistadas, el porcentaje de rechazos, las ausencias o las posibles sustituciones. Interesa saber cómo se ha conseguido contactar con esas 800 personas en todo el territorio nacional y qué mecanismos se han utilizado para compensar a los grupos menos representados. La cifra de entrevistas completadas no permite conocer por sí sola la calidad de la muestra.
“Ahora están de moda los que en España se denominan sondeos ‘flash’, que se utilizan sobre todo para analizar las expectativas electorales”
Lo llamativo es que se ofrecen resultados nacionales de los partidos políticos con decimales. Por ejemplo, se dice que Vox mejora sus resultados del 18,4% al 18,9%, es decir, cinco décimas. Incluso se calculan los escaños finales, que algunos denominan “sillones”. Con esas 800 entrevistas se estima que PP y Vox van a obtener 132 y 66 escaños, respectivamente. Con lo que logran, si se unen, 198 escaños, cuando la mayoría absoluta está en 176. Otras veces se ofrecen “horquillas” de escaños para cada partido político. El problema es la apariencia de exactitud que transmiten unas cifras sometidas a múltiples fuentes de incertidumbre.
Pero ni siquiera se conoce todavía con certeza cómo van a presentarse todos los partidos políticos a las elecciones generales del 29N. Las diferencias son importantes, dada la desunión de los diversos movimientos de izquierda situados a la izquierda del PSOE y la posibilidad de que alcancen acuerdos antes de la votación. El editorial “Desunión de la izquierda”, de El País, advierte de que las divisiones y los personalismos ponen en peligro la representación de una parte de la sociedad. La formación de una candidatura conjunta podría modificar las estimaciones y el reparto de escaños. Comprendo que en estas condiciones atreverse a dar una evaluación tan concreta de las elecciones generales es una temeridad.
Conviene especificar los errores de la muestra, las personas que quedan excluidas, las negativas y las sustituciones. También es necesario explicar cómo se ha realizado la ponderación por género, edad, clase social y regiones. No basta con publicar el margen de error muestral si existen otras fuentes de incertidumbre que pueden afectar al resultado. Es igualmente importante estimar la abstención, que puede ser decisiva para calcular los escaños finales. Es posible que una encuesta rápida se realice tras otra más extensa y válida, que sirva realmente para entender la variación de las tendencias. Pero eso no permite obtener necesariamente resultados tan concretos.
El sondeo rápido es un buen negocio. Es barato, se realiza en poco tiempo y se publica con una apariencia de exactitud (¡incluso con decimales!). Es un buen negocio para la empresa privada que lo realiza. También para el medio que lo publica, que gana atención y prestigio. A menudo son periódicos y cadenas de radio. Pero lo más importante es el impacto sobre la población.
En el artículo de Ángel Munárriz que acompaña a la encuesta se afirma que “la desventaja del bloque progresista es sideral”. También se presentan transferencias de voto entre partidos con una precisión de décimas: “Es caudalosa la transferencia del PP a Vox, de un 15,6%”. El impacto de estos cálculos puede ser excesivo si se interpretan como resultados seguros y no como estimaciones. Los sondeos pueden convertirse así en instrumentos de propaganda y crítica despiadada.
El impacto de las encuestas electorales es un arma de doble filo. Pueden motivar a un cierto electorado con el síndrome de “que viene el lobo”, pero también pueden desmotivar a otro electorado… o incluso las dos cosas al mismo tiempo. Los resultados con decimales, así como el cálculo de escaños, condicionan al electorado que va a votar. La metodología científica no siempre se explica con suficiente detalle y las limitaciones de la muestra pueden pasar inadvertidas. La responsabilidad ética de quienes elaboran y publican estas estimaciones es considerable, dada su influencia sobre las personas con derecho a voto. Estos sondeos hay que agarrarlos con pinzas.
Los sesgos de la muestra reproducen luego deficiencias en los porcentajes que se obtienen y posteriormente en el análisis. Una mala muestra no puede producir un buen análisis. Dicho de otra manera: el éxito de una encuesta está básicamente en la calidad representativa de la muestra en relación con el universo estudiado. Si la muestra es solo aproximada o si está sesgada, no hay manera de garantizar que los datos sean adecuados. Muchas empresas de encuestas tratan de suplir estas deficiencias con lo que se denomina en español “la cocina”, es decir, el buen ojo (u olfato) —y la experiencia— de la empresa encuestadora.
“La responsabilidad ética de quienes elaboran y publican estas estimaciones es considerable, dada su influencia sobre las personas con derecho a voto. Estos sondeos hay que agarrarlos con pinzas”
El muestreo probabilístico original se desarrolla en los años cuarenta, con aportaciones del Institute for Social Research (ISR), en la Universidad de Míchigan. Yo seguí allí un curso ya en el año 1971. Desde entonces los métodos han cambiado considerablemente. El abuso de anuncios y llamadas de propaganda por teléfono ha llevado a que muchas personas no respondan o no se fíen. Según algunas empresas, las encuestas telefónicas apenas consiguen un 7% de respuestas. Una tasa de respuesta tan reducida plantea problemas importantes de representatividad, que las ponderaciones no siempre consiguen corregir. Los sondeos publicados no suelen informar suficientemente de estos detalles esenciales. Lo que sí aparece, a menudo en letra minúscula, es el llamado “margen de error”, que no refleja necesariamente toda la incertidumbre real.
Es como predecir un partido de fútbol. Hay tantas variables en juego que a menudo es imposible acertar. Por eso se establecen porras (apuestas). En carreras de caballos se introducen sistemas mixtos (colocado, gemela, quíntuple) para aumentar la probabilidad de ganar alguna apuesta. Las encuestas pueden compararse con la predicción meteorológica y su posibilidad de acertar. Aunque el tiempo cada vez se predice de forma más exacta, no se predicen exactamente las riadas ni los tifones. Tampoco las desgracias (los muertos).
Actualmente tenemos las encuestas, pero no sabemos cómo esas encuestas condicionan las políticas que se desarrollan luego en un país. Necesitamos un estudio sociológico sobre la relación entre la nueva legislación y las opiniones de la población sobre los problemas sociales. Las encuestas son una herramienta estupenda para mejorar la democracia. También para corregir los sesgos políticos que introducen los grupos de presión, los lobis, algunas asociaciones o personas influyentes.
“Tenemos las encuestas, pero no sabemos cómo esas encuestas condicionan las políticas que se desarrollan luego en un país”
Las encuestas pueden considerarse un referéndum constante de la población. Representan un instrumento indispensable en una democracia. Se entiende que los políticos escuchan a la población. Los políticos deben mantener sus opiniones personales, pero a su vez deben estar informados de lo que opina la población. Incluso deben tratar de convencer a la población sobre sus propias interpretaciones de la realidad. Es una relación entre políticos y políticas (supongo que ustedes me entienden). Las encuestas son, pues, un instrumento social en ambas direcciones. Además, hay que realizar un esfuerzo extra para saber lo que opinan las minorías. Un referéndum tradicional suele resumirse en la dicotomía del sí y el no. Sin embargo, las encuestas son capaces de analizar la diversidad de opiniones, clasificándolas incluso por grupos sociales. Dan así voz a las minorías. Son un factor esencial en la toma de decisiones gubernamentales.
Pero las encuestas no sustituyen al Gobierno. Hay (o debe haber) una relación estrecha entre encuestas y políticas públicas. Para evitar más errores se requiere el trabajo intenso de los profesionales de la sociología. La opinión pública es una de las características más democratizadoras en las sociedades contemporáneas. Las encuestas contribuyen a conocer las preocupaciones de la población.
A pesar de los errores en estos primeros cien años, las encuestas han venido para quedarse. Lo que hay que acentuar es la transparencia de los modelos metodológicos y los cálculos de incertidumbre. Presentar los resultados de una encuesta sin explicar sus limitaciones es un error adicional. En datos de encuesta no se debe creer demasiado en porcentajes con decimales. Pero me temo que las encuestas van a seguir siendo una mezcla de ciencia, arte y cocina. Es lo primero que yo aprendí, cuando era estudiante (hace ya años), en el famoso Institute for Social Research —la cuna de las encuestas modernas— en la Universidad de Míchigan, en Estados Unidos. Para el caso de España, quizás lo que hay que debatir ya no son las elecciones del 29N, sino lo que va a ocurrir el lunes 30 de noviembre de 2026.