La literatura sobre el domestic turn en diplomacia sostiene que la política exterior se hace hoy al mismo tiempo ante audiencias internas tanto como ante interlocutores externos. Ceuta es un ejemplo que lo ilustra con claridad. Cada declaración del Gobierno español es leída a la vez por la opinión pública nacional, por los socios europeos y por Rabat, y cada uno interpreta el mensaje según su propia agenda.
España ha promovido varios mensajes de corte moderado. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, recordó ante sus colegas europeos que las rutas atlántica y del Mediterráneo occidental suponen una fracción mínima de las llegadas a la UE. El presidente Sánchez y, posteriormente, el rey Felipe VI elevaron el tono con una mención expresa a la violación de la integridad territorial.
En Europa, el discurso dominante fue más directo. La resolución del Parlamento Europeo, con los votos de populares, liberales y derecha europea, calificó el hecho de “invasión” y “guerra híbrida”. El Parlamento reclamó responsabilidades a Marruecos. Y, en una declaración conjunta, veintidós Estados miembros conectaron la inmigración irregular con la legislación española. Estas declaraciones no cambian el orden jurídico, pero reflejan el tiempo político: la solidaridad europea no es automática y depende de la política doméstica. En este contexto, el supuesto cómodo de buena vecindad en el Mediterráneo se diluye ante una presión migratoria que no cesa.
“Estas declaraciones no cambian el orden jurídico, pero reflejan el tiempo político: la solidaridad europea no es automática y depende de la política doméstica”
Rabat tiene sus propias audiencias. Aparecer como quien cede ante Madrid o ante Bruselas tiene un coste interno en un momento de incertidumbre acerca de la implicación de la monarquía en la gestión política diaria, el nuevo Gobierno resultante de las elecciones o el papel del futuro heredero al trono. Marruecos niega haber relajado los controles y atribuye lo ocurrido a rumores, desinformación y mafias. Es una denegación plausible. Rabat pudo haber descuidado la entrada, pero no hay atribución directa de la Jefatura del Estado. Esta distinción es relevante porque facilita una salida airosa. Y será necesaria.
Cogestionar: la crisis termina cuando ambos pueden reclamar éxitos
La idea de co-managing crisis parte de que vecinos incómodos necesitan gestionar el desenlace de manera conjunta. Eso exige que ambos puedan presentarlo ante los suyos como un resultado aceptable. De hecho, la literatura sobre migración coercitiva, con la obra de Kelly Greenhill como referencia principal, distingue entre migración provocada y migración instrumentalizada. La práctica diplomática vive precisamente de que esa distinción no se confirme en público. Cuanto más ruido político, menos espacio para el diálogo discreto de los profesionales de la diplomacia.
Aquí aparece un dilema. La tesis dominante en las instituciones y gobiernos europeos estrecha el espacio de cooperación en público. Cuanto más se define lo ocurrido como ataque (zona gris, soberanía, agresión), menos margen queda a Marruecos para colaborar sin un alto precio para su política doméstica. España necesita la solidaridad europea que da la atribución de responsabilidad al vecino y la cooperación que dicho señalamiento dificulta.
La práctica diplomática ofrece una salida: separar los registros. Europa puede hablar de instrumentalización en sus textos mientras Madrid y Rabat gestionan en privado canales de alerta temprana, readmisión y retorno de menores, así como la dimensión humanitaria de la crisis migratoria. La garantía no consiste en una valla más alta, sino en la creación de un espacio de confianza institucional. No basta con una relación personal o las ambigüedades útiles sobre el futuro del Sáhara Occidental. Hay que atestiguar la relación con hitos visibles.
“La garantía no consiste en una valla más alta, sino en la creación de un espacio de confianza institucional. No basta con una relación personal o las ambigüedades útiles sobre el futuro del Sáhara Occidental”
A corto plazo, hay una oportunidad para recuperar dicha confianza: el Mundial de 2030, que organizan España, Portugal y Marruecos. Los proyectos compartidos de gran visibilidad actúan como un incentivo para la contención y una palanca de cogestión, siempre que se usen como oportunidad y no como chantaje. Esa ancla diplomática y simbólica hay que aprovecharla para mejorar la cooperación técnica, cuestión que incluye la clave policial, migratoria y judicial. No conviene esconder dicha dimensión.
Desinformación: la frontera empieza en las pantallas
El detonante de la crisis fue un rumor sobre la apertura de la frontera. El episodio es un caso de disinformation order de consecuencias cinéticas. Las futuras crisis de vecindad repetirán el esquema: un mensaje en redes, una movilización masiva y un encuentro fortuito con la realidad. Como escribió el periodista Walter Lippmann en Public Opinion (1922), “Bajo ciertas condiciones los hombres responden con la misma fuerza a las ficciones que a las realidades, y en muchos casos ayudan a crear las ficciones a las que responden”. El corolario migratorio es evidente: no importa si los hechos que crearon las condiciones para el asalto eran verdad o mentira, porque sus consecuencias son reales.
Esto permite reconocer una función nueva en la diplomacia, basada en las narrativas estratégicas. La alerta temprana ahora es un mandato expreso de la profesión. Consulados, embajadas y servicios de seguimiento de redes deberían detectar y dar respuesta rápida a los mensajes virales sobre la frontera, y coordinar con la contraparte marroquí mensajes preventivos. No hay duda: la soberanía de un Estado principia en su capacidad de sostener un relato verificable. El riesgo es doble. La desinformación puede venir del otro lado de la frontera, pero también de la lectura doméstica y electoral. Calificar de invasión en ciertos foros europeos sirve a quienes buscan endurecer el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo y a quienes lo impugnan desde antes, como los gobiernos de Visegrado. Ceuta se convierte así en material para una disputa que no es la española.
“La soberanía de un Estado principia en su capacidad de sostener un relato verificable. La desinformación puede venir del otro lado de la frontera, pero también de la lectura doméstica y electoral”
En suma, la diplomacia no opera únicamente sobre los hechos, sino sobre lo que cada actor cree que son los hechos. Por eso una amenaza percibida, aunque sea infundada, puede desencadenar movilizaciones, sanciones o guerras tan reales como las que provocaría una amenaza verdadera. Gestionar percepciones, desactivar ficciones y construir marcos compartidos de interpretación es hoy una tarea tan central para el diplomático como negociar intereses.
Nuevas alianzas flexibles
Marruecos ha leído el entorno internacional y ha renegociado con sus socios su posición. El país es a la vez vecino, socio estratégico, policía migratorio y actor con intereses propios. Es una descripción tan precisa como incómoda. Y hoy es un actor con más agencia: relación reforzada con Estados Unidos, cabeza de puente regional con Israel, nodo industrial chino (Tanger Med, Tanger Tech, baterías) a las puertas de Europa. Hay una hoja de ruta de defensa con una fuerte inversión en material de defensa estadounidense para el periodo 2026-2036 y un cambio en la misión diplomática en Israel. Son alianzas propias y de peso. No son gestos: son hechos que muestran una diversificación de sus dependencias. Conviene no anticipar otras consecuencias. Washington sigue declarando que Ceuta y Melilla son españolas, y no hay prueba de que las alianzas de Rabat incluyan un respaldo a sus reivindicaciones. Pero la diplomacia se mueve también por percepciones y por el clima político. La expresión “territorios administrados por España” que aparece en algunos think tanks conservadores es un hito político, aunque jurídicamente sea irrelevante. España llega a ese clima con una posición debilitada: sus discrepancias con la Administración Trump y con el Gobierno israelí sobre Oriente Medio han reducido su capital de interlocución justo cuando más lo necesita.
Marruecos ofrece a Estados Unidos e Israel posición, estabilidad y normalización diplomática. España ofrece una política exterior basada en principios en un momento en el que los principios cotizan poco. La diplomacia transaccional es el nuevo normal. Esto no obliga a renunciar a los principios, pero sí a no confundir coherencia moral con eficacia diplomática. España tiene que decidir cuánto está dispuesta a pagar por mantener posiciones propias en Oriente Medio y, a la vez, abrir canales bilaterales sobre el Estrecho, la energía y el Sahel que no dependan de esa discusión.
“Marruecos ofrece a Estados Unidos e Israel posición, estabilidad y normalización diplomática. España ofrece una política exterior basada en principios en un momento en el que los principios cotizan poco”
En Europa, la posición española sufre el dilema de cómo reforzar la política y la narrativa europea de fronteras. La Unión Europea ha respondido bien en lo declarativo: la Comisión ha subrayado que la frontera de Ceuta es una frontera europea, y el Parlamento Europeo ha condenado la instrumentalización de la migración. Pero la solidaridad de Bruselas es un recurso que se gasta si solo se invoca en la emergencia. Europeizar el problema sin delegarlo exige trabajo previo en las capitales. La primera es la construcción de medidas e iniciativas bajo el paraguas de MED9 (Francia, Italia, Croacia, Chipre, Malta, Grecia, Eslovenia, Portugal y España). La solidaridad adaptada al Mediterráneo tiene que traducirse en responsabilidad compartida. La segunda clave reside en la asociación con los países de la frontera oriental para construir una definición común de migración instrumentalizada o coercitiva, categoría que ya se aplica a Bielorrusia o Rusia. Es una interpretación restrictiva de las migraciones, que tensiona los valores y principios defendidos por España en la última etapa.
Habrá crisis. ¿Estaremos preparados?
La próxima etapa de la crisis de Ceuta servirá como banco de pruebas para la política migratoria europea y para la propia relación entre España y Marruecos. El primer examen llegará de la mano de la Comisión. Hay que examinar en qué consiste la habilitación, en situaciones excepcionales, de mecanismos de emergencia que permitirían suspender temporalmente el derecho de asilo bajo condiciones estrictas. España podría verse así en una posición incómoda: reclamar solidaridad europea mientras se convierte en referencia de una excepción con posibles consecuencias para la protección de derechos. Al mismo tiempo, el nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo afronta en esta frontera su primer gran test desde su entrada en fase de aplicación. La ciudad autónoma se ha convertido en el escenario donde Bruselas deberá demostrar si sus nuevas herramientas son capaces de responder a episodios de presión migratoria y a fenómenos de instrumentalización de los flujos por parte de terceros actores.
“España podría verse así en una posición incómoda: reclamar solidaridad europea mientras se convierte en referencia de una excepción con posibles consecuencias para la protección de derechos”
A ello se suman factores políticos que pueden alterar la evolución de la crisis. Con las elecciones generales ya convocadas, la frontera es un argumento de campaña. El giro doméstico es aún más acusado. También será determinante seguir de cerca la agenda interna marroquí, cuyo calendario político condiciona la capacidad de maniobra del Gobierno. En el horizonte diplomático aparecen tres escenarios: una desescalada basada en la cooperación y la gestión compartida; un conflicto congelado, marcado por episodios recurrentes de tensión; o una creciente securitización europea que convierta a Ceuta en símbolo de una política más restrictiva. La clave para anticipar cuál prevalecerá estará en el equilibrio entre la diplomacia discreta y el discurso público.
Ceuta obliga, en definitiva, a abandonar la comodidad de la excepción. Ni la frontera es solo un asunto migratorio ni la relación con Marruecos puede follow descanso en la confianza personal entre equipos y en ambigüedades. La vecindad se gobierna con procedimientos: canales de alerta temprana, una escalera de respuestas pactada de antemano y una presencia europea que no aparezca únicamente cuando arde la valla. Tampoco el paraguas aliado ofrece certezas automáticas: la protección de Ceuta dependerá del consenso que España sepa construir en Bruselas y en Washington. Esa es la lección incómoda de la crisis del verano: en la zona gris, la soberanía no se defiende solo con vallas o fragatas, sino con instituciones creíbles, información veraz y una política exterior consistente que sobreviva al calendario electoral. Las fronteras del futuro ya están aquí. La pregunta no es si habrá otra crisis, sino si llegaremos preparados para gestionarla con el vecino, y no a merced de él.
Aprender para el futuro
Vendrán más oleadas migratorias en esta y en otras fronteras europeas. Por eso, hay que crear mecanismos de alerta temprana y gestión de crisis, una línea de crisis entre cancillerías y reuniones de alto nivel en un calendario periódico, no sometido a urgencias. La confianza entre ministros caduca. La rutina entre servicios sobrevive. La ambigüedad es un préstamo con intereses.
“La confianza entre ministros caduca. La rutina entre servicios sobrevive. La ambigüedad es un préstamo con intereses”
En la relación bilateral, una escalera de respuestas construye previsibilidad. La frontera refleja un espacio diplomático donde dos Estados negocian a diario, sin cámaras, cuánto control ejercen y cuánta tolerancia se conceden. Cuando esa negociación silenciosa se interrumpe, la frontera habla por sí sola. Tras la crisis de 2021, la relación de vecindad se apalancó sobre una relación entre equipos y sobre ambigüedades útiles, sobre todo en la cuestión del Sáhara Occidental. El reconocimiento se entregó de una vez. La contención quedó como propósito, sin mecanismos de compromiso. La práctica diplomática necesita más instituciones y procedimientos, no solo promesas. Hoy la confianza personal parece estar en la cuerda floja. Entre el silencio y la ruptura hay un amplio terreno: consultas con embajadores, medidas selectivas sobre visados y readmisión, palancas europeas. La expulsión de embajadores entre España y Nicaragua este año mostró hasta qué punto incluso los instrumentos jurídicos clásicos funcionan como señales. Si se definen los peldaños antes, no hay que inventar la respuesta durante la crisis.
Contra la desinformación, las campañas de diplomacia pública actúan como vector de confianza e información veraz. La desinformación convierte la frontera en un riesgo. Corresponde coordinar con Marruecos mensajes preventivos y movilizar consulados y actores locales para desmentir con rapidez.
Ceuta, en el centro. La ciudad no es solo objeto de la relación bilateral, sino el espacio en el que habita una comunidad transfronteriza que convive con Tetuán y Castillejos. La diplomacia urbana y los regímenes de movilidad transfronteriza son sensores de alerta y mecanismos de prevención. En el plano doméstico, la credibilidad española necesita consistencia y continuidad en la política exterior hacia el vecino.
Abrir vías propias con Washington y Tel Aviv. No a través de Rabat, ni en bloque con nadie. Hay intereses compartidos en el Estrecho, la energía y el Sahel que permiten dialogar sin renunciar a posiciones distintas en Oriente Medio. Es el momento de reclamar innovación en los planteamientos y las agendas.
“Abrir vías propias con Washington y Tel Aviv, no a través de Rabat ni en bloque con nadie. Hay intereses compartidos en el Estrecho, la energía y el Sahel”
En suma, Ceuta no es un incidente aislado, sino un anticipo de las fronteras del futuro: espacios donde la presión migratoria, la competencia estratégica y la batalla por el relato se entrecruzan. La cuestión ya no es quién controla la frontera, sino quién logra imponer la interpretación de lo que ocurre en ella. La estabilidad en el Estrecho dependerá menos de los gestos públicos que de la capacidad de España y Marruecos para mantener canales de cooperación discretos y eficaces, con la Unión Europea de fondo. En una vecindad inevitable, la gestión cotidiana importa más que la performance sometida a la agenda doméstica. Esa es la lección maestra: la diplomacia eficaz deberá combinar control fronterizo, credibilidad narrativa y capacidad de cogestión con el vecino.
Originalmente, este texto fue publicado en The Hague journal of Diplomacy.