Vivimos en una época marcada por vastos y profundos procesos de transformación y, por ende, múltiples crisis: transformaciones (y crisis) políticas, económicas, tecnológicas, sociales y culturales. Lo sabemos muy bien. Al mismo tiempo, conocemos la definición de crisis que nos proporcionó Antonio Gramsci en sus Prison Notebooks: “The crisis consists precisely in the fact that the old dies and the new cannot be born: in this interregnum, the most varied morbid phenomena occur.”
La “securitization” de la inmigración es uno de los principales “morbid phenomena” de nuestra época. Elaborado por la “Copenhagen School” de relaciones internacionales, el concepto de la securitización explica el proceso a través del cual un asunto político se convierte discursivamente en una amenaza existencial, un hecho que, para el actor securitizador, justifica el uso de medidas de emergencia y la suspensión de las reglas políticas corrientes.
La reacción del Gobierno italiano a la crisis migratoria de Ceuta del pasado 30 de julio parece seguir un patrón muy parecido. En el momento en el que el Gobierno de España tuvo que gestionar la presión de decenas de miles de personas que intentaban cruzar la frontera desde Marruecos, el Ejecutivo de Giorgia Meloni decidió suspender temporalmente el Acuerdo de Schengen entre Italia y España y, a la vez, ponerse a la cabeza de un grupo de países europeos a fin de condenar la supuesta debilidad del Gobierno de Pedro Sánchez ante los hechos y, en particular, seguir criticando las recientes medidas de regularización de inmigrantes promovidas por el Ejecutivo español.
“Meloni se niega a restablecer la libre circulación de personas entre los dos países y mantiene su intención de prolongar la suspensión de las reglas de Schengen hasta el 15 de agosto”
Tanto el presidente Sánchez como los ministros Albares y Grande-Marlaska han intentado convencer a los socios europeos y a la Comisión Europea de la eficacia de su respuesta y su proactividad en la lucha contra la inmigración clandestina, pidiendo solidaridad y exigiendo a Italia el cese de los controles fronterizos. Sin embargo, Meloni se niega a restablecer la libre circulación de personas entre los dos países y mantiene su intención de prolongar la suspensión de las reglas de Schengen hasta el 15 de agosto (aunque al principio se dijo que sería un mes, es decir, hasta el 1 de septiembre). Horas después, España decide replicar y establece controles fronterizos a los viajeros procedentes de Italia sin NIE.
La reacción italiana es evidentemente desproporcionada. Intentemos evitar hablar (aunque es menester no olvidar) de consideraciones moralisantes: a día de hoy se cuentan más de 140 fallecidos en la travesía. Es suficiente hacer hincapié en dos circunstancias. Primero: Italia y España no comparten una frontera terrestre, es decir, hay que coger un avión o un barco para moverse directamente de un país a otro. Un hecho que complica el flujo de migrantes irregulares. Segundo, y sobre todo: aunque Ceuta (y Melilla) pertenece al acervo Schengen, su estatus está regulado por un régimen específico, caso único en Europa. Resulta muy difícil imaginar cómo individuos no europeos y con recursos escasos (o nulos) puedan llegar a la España peninsular y luego a Italia cogiendo un barco o un avión. España no es un Estado fallido.
¿Qué explica, entonces, esta escalada verbal y política del Gobierno italiano? ¿Por qué una reacción tan exagerada, casi surrealista? ¿Cuáles son las causas profundas que han llevado a Meloni a desencadenar la peor crisis diplomática en las relaciones bilaterales entre Italia y España desde el final de la Segunda Guerra Mundial?
La ideología de Meloni y la securitización de la inmigración
Al parecer, se pueden identificar tres clases de explicaciones. La primera es de naturaleza ideológica. El partido de Meloni, “Hermanos de Italia”, se define por sus posiciones de conservadurismo nacionalista, antiinmigración, euroscepticismo (aunque con matices) y atlantismo. Fue el único partido que rechazó apoyar al Gobierno de “unidad nacional” de Mario Draghi (febrero de 2021-octubre de 2022), una apuesta muy arriesgada que, sin embargo, le permitió cosechar el voto de descontento.
En el Parlamento Europeo, el partido de Meloni pertenece al grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) junto a los polacos del PiS, los Demócratas de Suecia, los belgas de la Alianza Neo-Flamenca y una galaxia de partidos nacionalistas de Europa oriental. Además, Meloni es amiga personal de Santiago Abascal. En resumen, un conjunto de partidos defensores del mito de la soberanía nacional y la inviolabilidad de las fronteras. Una narrativa que pretende reducir las relaciones de interdependencia política y social entre países y volver a la idea fundacional de la patria como “comunidad imaginada”, según la famosa definición de Benedict Anderson. Tal y como están haciendo Meloni y los partidos de extrema derecha de todo el mundo.
La segunda explicación es de tipo geopolítico. La relación bilateral entre España e Italia siempre se ha caracterizado por una evidente “coopetición”, un neologismo de origen anglosajón para describir el comportamiento de unos actores que compiten y colaboran de manera simultánea. España e Italia son dos países que comparten características muy parecidas (geografía, demografía, historia, cultura, dimensión de la economía, etc.), que a menudo actúan juntos (cooperación en sistemas de gobernanza multilateral, misiones para el mantenimiento de la paz, lucha contra el crimen organizado, etc.) y cuyas economías y sociedades están fuertemente relacionadas por un abanico de intercambios comerciales, financieros, académicos, turísticos y humanos.
“España e Italia son dos países que mantienen una competición estructural sobre cuál de los dos es el país líder de la Europa mediterránea”
Al mismo tiempo, España e Italia son dos países que mantienen una competición estructural sobre cuál de los dos es el país líder de la Europa mediterránea (dejemos el fútbol, el tenis y los demás deportes de lado): en relación con EE. UU. y los otros socios europeos, la proporción demográfica, los volúmenes de producción económica, las inversiones, la competición industrial (por ejemplo, en el sector de la defensa) y agrícola, el turismo, la gastronomía y los demás componentes de “poder blando” (el “Made in Italy” frente a la “Marca España”).
Sin embargo, esta relación entre dos países cercanos y parecidos se ha torcido con la llegada al poder de Giorgia Meloni en octubre de 2022. Ya no son los tiempos de la cumbre de Valencia entre Aznar y Prodi (septiembre de 1996). Las diferencias ahora son divergencias. Pedro Sánchez y Giorgia Meloni, es decir, el cénit y el nadir de la política europea, los líderes de los dos principales países del flanco sur europeo (dejemos respetuosamente a Francia y Turquía de lado).
Meloni está adaptando el concepto de Italia como país bisagra entre Europa y Estados Unidos, algo muy difícil, si no imposible, durante la presidencia de Donald Trump. Hay un hilo conductor muy claro en la política exterior de la derecha italiana (tanto en su época fascista como democrática): la idea del “peso determinante”, es decir, la ambición de que los demás países occidentales necesiten a Italia, un país con su agenda soberana y su propio plan de proyección estratégica hacia el “Mediterráneo ampliado”. MIGA (Make Italy Great Again).
Roberto Vannacci y la amenaza electoral a la derecha de Meloni
La tercera razón, quizás la más importante, es electoral: el miedo de Meloni al auge vertiginoso de “Future National”, el nuevo partido del exgeneral del Ejército Roberto Vannacci, eurodiputado y antiguo vicesecretario de la Liga Norte de Salvini. Fundado hace seis meses, el movimiento de Vannacci se ha situado en la oposición al Gobierno adoptando posiciones aún más radicales (muy parecidas a las de Alternative for Germany, sus nuevos socios en el Parlamento Europeo) en relación con la seguridad nacional, la inmigración y la defensa de las fronteras. Su lema es la “remigration”, es decir, la deportación masiva de personas migrantes, incluso de sus descendientes, a sus países de origen.
Según las encuestas más recientes, “Future National” lograría el 7 % de los votos, superando a la Liga de Salvini, y se convertiría en el quinto partido italiano. O incluso en el cuarto si consiguiera superar a Forza Italia.
Tras el varapalo del referéndum constitucional del pasado mes de marzo y las fricciones con el presidente Trump sobre el papa y la guerra en Irán, el gran éxito mediático del partido de Vannacci podría provocar la ruptura de la coalición de derecha, determinando un adelanto electoral y, de esta manera, hacer que el exgeneral se convierta en el nuevo ‘kingmaker’ de la derecha italiana.
Meloni necesita desesperadamente endurecer su narrativa, volviendo a sus orígenes más radicales, si quiere parar la sangría de apoyos de sus votantes hacia “Futuro Nacional”. Es evidente que el incidente fronterizo de Ceuta y la aparente debilidad de Pedro Sánchez en este asunto han sido la excusa perfecta.
“Esta crisis diplomática entre Roma y Madrid parece carecer de mucho sentido, salvo por los intereses políticos de Meloni, por muy legítimos que sean”
Esta crisis diplomática entre Roma y Madrid parece carecer de mucho sentido, salvo por los intereses políticos de Meloni, por muy legítimos que sean. Mi condición de italiano que lleva muchos años viviendo en España refuerza dicha visión. Un enfrentamiento surrealista, en el que la cuestión de la inmigración ilegal, la lucha contra el crimen organizado y la defensa común europea ante las amenazas híbridas en un contexto de zona gris han pasado a ser asuntos secundarios.
Parece que no queda más remedio que esperar hasta el 15 de agosto, fecha fijada por el Gobierno italiano para el fin de los controles fronterizos y el restablecimiento de las reglas de Schengen.