Donald Trump has spoken about the Ceuta crisis three times in three months. On July 31, from Camp David, he warned that his country would be invaded “at levels that would make what happened in Spain seem small” and tied it to the midterm elections on November 3, amid the Ceuta crisis, the one concerning more than 70,000 people that the Spanish prime minister cited in Congress on September 3. That same September 3, Trump said Spain was a “ruined country,” and on October 20, without naming the city, he asserted that “Spain was invaded.” In between, Secretary of State Marco Rubio used his October 12 National Day message to urge Spain to strengthen its borders.
“Trump warned that his country would be invaded ‘at levels that would make what happened in Spain seem small’ and tied it to the midterm elections”
Aquí no se discute si Trump tiene razón sobre Ceuta, ni si la soberanía de la ciudad depende de lo que diga nadie en Washington, que no depende. Lo que interesa es el calendario, porque desde finales de 2024 dos potencias han mostrado, en elecciones ajenas, cómo y cuándo intervienen. En este sentido, las sedes españolas se preparan para el golpe que no va a llegar, el respaldo explícito a un candidato, y descuidan el que ya está llegando, que es la presión sobre el Gobierno saliente con fecha y sin nombre. Esa forma de intervención beneficia la aritmética de un bloque sin regalarle al otro la figura del candidato de Trump, y responder a ella se decide antes del 13 de noviembre o no se decide.
Two Rounds, Two Clocks
Colombia es el caso completo. Las sanciones de la OFAC contra el presidente Petro y su familia llegaron en octubre de 2025, ocho meses antes de la segunda vuelta. En marzo, The New York Times y AP publicaron, con fuentes anónimas, que fiscales federales de Nueva York investigaban presuntos vínculos de Petro con narcotraficantes, algo que él niega. Trump dio su respaldo a Abelardo de la Espriella el 2 de junio, entre las dos vueltas y cuando ya había ganado la primera; el subsecretario Landau amenazó con retirar visados por compra de votos, y cinco días antes de la segunda vuelta ICE detuvo a un activista colombiano por llevar diez años en situación irregular, según la versión oficial. De la Espriella se había adherido a la Carta de Madrid y se había reunido con Abascal en Disenso en enero y ganó por 251.854 votos.
“Las sedes españolas se preparan para el golpe que no va a llegar, el respaldo explícito a un candidato, y descuidan el que ya está llegando, que es la presión sobre el Gobierno”
Brasil, que votó en segunda vuelta el 25 de octubre, muestra la variante contenida. La presión fuerte fue anterior a la campaña: sanciones al juez Moraes en julio de 2025, levantadas en diciembre, y un documento de 21 exigencias entregado en octubre de 2025 durante la negociación arancelaria, con “elecciones libres” entre ellas, que el Itamaraty devolvió por orden del canciller Vieira y que el Gobierno, según diplomáticos citados por Folha, consideró inaceptable. El documento salió a la luz el 17 de septiembre, a dos semanas y media de la primera vuelta, y llevó a Flávio Bolsonaro a negar cualquier ayuda del Gobierno americano.
En la recta final Washington hizo lo contrario de lo que hizo en Bogotá: Trump dijo el 1 de octubre que seguía de cerca la elección, saludó el 5 la “gran victoria” de Flávio en la primera vuelta y no respaldó formalmente a nadie. Una fuente del Gobierno estadounidense había dicho a Estadão en junio que no hacía falta un respaldo temprano porque el entorno de Trump ya lo veía como aliado natural. Flávio ganó la primera vuelta con el 47,03% frente al 45,16% de Lula. La inteligencia brasileña, según Reuters y con fuentes anónimas, habló ante europeos de injerencia estadounidense y rusa sin pruebas publicadas, mientras el presidente del Tribunal Superior Electoral decía el 4 de octubre no tener “ningún indicio concreto”. Lula acabó ganando la segunda vuelta con el 51,79% frente al 48,21% de Flávio, y Trump cuestionó después el resultado sin aportar pruebas.
Chile y Perú completan la escala. En Chile, el embajador estadounidense dijo entre vueltas que “habrá un Gobierno con el que será más fácil trabajar”, lo que le costó una nota de protesta del Gobierno chileno el 21 de noviembre de 2025, y Trump reclamó el mérito después, cuando Kast ya había ganado con cerca del 60%. En Perú, donde el candidato más cercano a su estilo se hundió antes de la primera vuelta, Trump guardó un silencio notable y Washington felicitó a Keiko Fujimori cuando ganó. Ningún caso permite medir el efecto, porque los márgenes fueron estrechos o el favorito ya lo era. Lo que sí se ve es el patrón: la intervención crece donde hay un candidato alineado con Trump en lo personal y con opciones de ganar, con un marco de comunismo, narcotráfico y Venezuela contra el adversario, y se apaga donde falta ese candidato. Y hay indicios de que el abrazo puede restar: una encuesta Genial/Quaest de marzo recogía que el apoyo de Trump empujaría a más votantes hacia Lula, un 32%, que hacia Flávio, un 28%.
La otra potencia
Moscú trabaja al revés, sin nombre, y los dos últimos años europeos lo documentan. En Rumanía, los documentos desclasificados en diciembre de 2024, que sitúan al país como objetivo de acciones híbridas rusas, describen una red inicial de 25.000 cuentas de TikTok, muy activa en las dos semanas previas a la primera vuelta, a favor de un candidato que había declarado gasto cero; el Tribunal Constitucional anuló la elección.
En Moldavia, la misión de la OSCE registró en las parlamentarias de septiembre de 2025 una red de compra de votos que las autoridades atribuyen a financiación rusa ligada a Ilan Shor, con 848 registros y 122 detenciones entre el 14 de julio y el 13 de octubre y más de 138.000 cuentas y transacciones vinculadas a esos esquemas desde 2024. Hubo unas mil solicitudes de retirada a las plataformas, la mayoría sin respuesta, y el partido de Maia Sandu conservó la mayoría absoluta con 55 de 101 escaños. En Polonia, el informe de FIMI-ISAC sobre la presidencial de 2025, que sitúa a Rusia como principal actor extranjero, registra contenidos que desaconsejaban ir a votar, dirigidos contra los dos candidatos, con un impacto que el propio informe considera limitado. Sobre España no consta que se haya publicado un informe equivalente para esta campaña, que no es lo mismo que decir que no exista, y la forma en que ese desaliento silencioso se cuela en una recta final es objeto de otro artículo. Aquí importa que los dos relojes pueden sonar a la vez: el golpe abierto ocupa la agenda y el trabajo subterráneo aprovecha que nadie mira.
Lo que España tiene y lo que le falta
España tiene la pista de presión contra el presidente saliente que precedió a las campañas colombiana y brasileña. La negativa a usar Rota y Morón para la operación contra Irán la convirtió a Rubio en una duda sobre la OTAN; en julio Trump pidió en público a su secretario del Tesoro “cortar todo el comercio” con España, sin medida formal detrás; y Ceuta le sirve desde el 31 de julio como advertencia para su propio electorado. Tiene también la red: Abascal es el nudo europeo de la Carta de Madrid, que han firmado Kast, De la Espriella, Milei y Meloni. El presidente de la Fundación Heritage llamó “invasión por parte de Marruecos” a lo de Ceuta en el Foro Madrid de Santiago, que es lo contrario de lo que dice Trump, que culpa a Madrid. Y Milei llamó al presidente del Gobierno “impresentable dictador” en un desayuno de Nueva Economía Fórum el 21 de octubre, el mismo día en que Garriga y Martín Frías lo recibieron en Disenso y Abascal habló con él por videollamada. Conviene escribir con cuidado lo que eso prueba y lo que no: hay copresencia documentada y relación pública, y no consta contacto alguno entre la derecha española y la Administración estadounidense sobre el 29N; afirmar lo contrario sin documento expone a quien lo afirme.
“Abascal es el nudo europeo de la Carta de Madrid, que han firmado Kast, De la Espriella, Milei y Meloni”
Lo que le falta a España es la variable que más pesa en el patrón. Feijóo abrió la precampaña en Ceuta el 7 de octubre sin mencionar a Estados Unidos y presentó el 19 un programa que reivindica alianzas europeas sin nombrar a Trump. Abascal, a mi juicio, no aspira de forma realista a la presidencia, y Chatham House prevé que Sánchez use a Trump, Milei y Flávio Bolsonaro como espantajos para movilizar a la izquierda, lo que convierte cualquier abrazo explícito en un regalo para Moncloa. La grieta es Ayuso, que anunció en febrero, en un vídeo proyectado en una gala celebrada en Mar-a-Lago, una medalla de la Comunidad de Madrid para Estados Unidos que debe recoger un representante de la Administración. Sin candidato propio, Washington no tiene a quién respaldar, y el patrón dice que entonces no respalda: critica al Gobierno por un asunto en el que la oposición ya tiene ventaja de relato, deja que cada partido español recoja lo que le convenga y se guarda la felicitación para después. A eso lo llamo la cuña sin nombre, y es el escenario que ninguna de las dos sedes puede dar por imposible.
El error de bulto
El golpe llegó en Bogotá y en Brasilia, y lo que Brasil enseña es que un documento revelado tarde puede volverse contra quien parece beneficiarse de él: el Gobierno que lo había devuelto once meses antes tenía su posición fijada, y el candidato al que favorecía tuvo que salir a negar cualquier ayuda. Un golpe así no persuade a nadie; lo que hace es ocupar la agenda de los últimos días, cuando ya no queda tiempo para cambiar de asunto, de modo que lo que cuenta es la decisión previa de qué se hace con él, porque la réplica del día siempre se improvisa.
“Sin candidato propio, Washington no tiene a quién respaldar, y el patrón dice que entonces no respalda: ritica al Gobierno por un asunto en el que la oposición ya tiene ventaja de relato”
Para el 29N hay cuatro escenarios, y cada sede debería tener escrita su respuesta a los cuatro antes del 13 de noviembre. El primero es la cuña sin nombre: Trump o Rubio vuelven a señalar a Sánchez por Ceuta, la OTAN o el comercio, sobre todo hasta el 3 de noviembre, y nadie pide el voto para nadie; a mi juicio es el más probable, y es el que convierte la soberanía de Ceuta en argumento de campaña para los dos bloques.
El segundo es el silencio tras las elecciones de mitad de mandato, cuando España deja de servir como advertencia, como ocurrió en Perú. El tercero es el abrazo explícito a Vox o a Feijóo, improbable por lo dicho, con indicios de que puede restar, como la encuesta brasileña, y con coste diplomático, como la nota chilena. El cuarto es el comodín, un documento auténtico de Washington o una filtración inversa sobre contactos de la derecha española con el entorno de Trump, que dominaría la última semana en la dirección que fuese. Los dos bloques tienen algo que perder: el Gobierno, que el golpe llegue por Ceuta, donde la derecha tiene ventaja de relato; PP y Vox, que llegue el abrazo que les quita la bandera europea o la filtración que les obliga a explicarse.
Una sede preparada ha decidido antes qué asunto quiere que domine la última semana si el golpe llega por Ceuta y qué hace si llega por la OTAN o por Israel, donde la ventaja de relato la tiene el Gobierno. Ha decidido qué portavoz habla y cuál calla. Y ha decidido qué no se hace nunca, en un bloque y en el otro, que es convertir la defensa de la ciudad en una campaña de miedo, porque Ceuta ya pagó este verano lo que cuesta que una frontera se vuelva argumento. Todo eso se diseña con semanas y con gente que solo hace eso, y si se improvisa el día en que Trump abre la boca, se improvisa mal: en una campaña de quince días, preparar la respuesta después del golpe equivale a no prepararla.
El 3 de noviembre cierran las urnas en Estados Unidos y el 4 sabremos si España le sigue sirviendo a Trump para algo. A las sedes les conviene haber decidido antes qué hacen en los dos casos.