175 years have elapsed since the publication of Moby Dick, by Herman Melville, one of the great works of world literature and, at the same time, one of the most representative titles of American literature. The obsession of Captain Ahab with hunting the great white whale on a voyage across the oceans of half the world has epic and tragic proportions with echoes of the Bible and Shakespeare. It is not an easy book to read, for Melville, drawing on his three-year experience aboard a whaler, devotes many pages to the great cetaceans in a kind of natural history treatise or to the description of the sailing ships that hunted them. Yet, being a major classic, Moby-Dick continues to offer reflections and insights valid for our time and all times.
Experimenté una cierta sorpresa al leer el capítulo XIV, que lleva el nombre de Nantucket, una isla situada frente a la costa del estado de Massachusetts que era uno de los centros balleneros más importantes del mundo en 1851, fecha de la publicación de la obra. Melville subraya la presencia en todos los mares de los barcos de los isleños, en cierto modo comparable a la expansión territorial que vivían entonces los Estados Unidos tres cuartos de siglo después de su independencia. Su expansión iba más allá de las fronteras originarias y no era un capítulo cerrado: “Que Norteamérica agregue México a Texas y que amontone Cuba sobre Canadá…“. Se trata, sin duda, de una exageración satírica de Melville, aunque todo apunta a un escepticismo derivado de las consecuencias de una ideología cuya grandeza se basa en el comercio, la conquista y la ambición nacional. No es difícil pensar aquí en la Estrategia de Seguridad Nacional (2025) de la Administración Trump, en la que se habla del hemisferio occidental, reducido única y exclusivamente a las Américas. De hecho, algunos críticos literarios han visto en el ballenero Pequod, conducido por el capitán Ahab, una alegoría de la joven república norteamericana de aquel momento histórico. Era la época de la expansión hacia el oeste, de la exploración de ríos y montañas, del trazado de grandes líneas de ferrocarril, de los problemas derivados de la esclavitud, del auge de la revolución industrial y de la voluntad de un nuevo país de convertirse en potencia hegemónica en las costas de sus dos océanos.
“El carisma de Ahab les ciega, y eso también es frecuente en los seguidores del populismo”
Pero Moby Dick nos reserva otros muchos descubrimientos. Es bien sabido el deseo de venganza de Ahab, al que la ballena blanca privó de una pierna, y no menos conocidos son su fracaso y su muerte final. Por desgracia, no todos interpretan la conducta del capitán como un acto de insensatez. Y aquí intuyo una analogía con los populismos actuales. Ellos verían en Ahab a uno de los suyos y alabarían la voluntad inflexible de un hombre de principios. Reconocerían que es un héroe trágico y quebrantado, pero nunca vencido. La gran mayoría de los treinta hombres de su tripulación le sigue en la caza de Moby Dick. El carisma de Ahab les ciega, y eso también es frecuente en los seguidores del populismo. La razón de Estado, o simplemente la de partido, los lleva a una obediencia ciega o a un sacrificio del que esperan un provechoso resultado. Ahab impone un despotismo que va mucho más allá de sus atribuciones como capitán de una nave. Todo es absolutamente necesario para que se imponga el bien o triunfe la justicia, afirmaría el populismo. Por el contrario, Melville está subrayando en su relato que las ideas fijas terminan por destruir a las personas. No se equivoca Starbuck, el primer oficial del barco, al afirmar: “Los que siguen a Ahab terminan siendo Ahab”.
“Nadie quiere pensar en las consecuencias de sus actos y la temeridad irreflexiva se reviste de audacia e incluso de un supuesto ingenio”
El nombre de Starbuck nos suena hoy por una marca de cafeterías nacida en Seattle en 1971 y que en cuatro décadas ha tenido una expansión global. Sus creadores buscaron una denominación relacionada con el mar y la encontraron en el primer oficial de la novela de Melville. Es llamativo que eligieran el nombre de alguien prudente y sensato, que es el contrapunto moral de Ahab. Starbuck es un cuáquero reflexivo, reacio a toda violencia innecesaria e incómodo con la obsesión vengativa de Ahab. Es un hombre extraordinariamente concienzudo que desea regresar a casa con su mujer y su hijo. Por eso, le desagrada la temeridad que Ahab ha sembrado entre la tripulación. Asegura que no le gustaría tener en el barco a nadie que no tuviera miedo de la ballena. De ahí su afirmación: “El que ignora el miedo es un compañero mucho más peligroso que un cobarde”. Otro tanto pasa con los movimientos populistas y sus líderes. Nadie quiere pensar en las consecuencias de sus actos y la temeridad irreflexiva se reviste de audacia e incluso de un supuesto ingenio. Así lo demuestra la testarudez de Ahab, el hombre que abofetearía al sol si le insultara: “Todos los objetos visibles no son sino máscaras de cartón. Si el hombre ha de golpear, golpeará sobre esas máscaras”.
El Pequod y su tripulación navegan decididamente en busca de Moby Dick y llegan hasta las aguas del Japón porque los vientos les son favorables. Starbuck piensa, en cambio, que “son favorables para la muerte y el infierno”. Razones, protestas y súplicas no consiguen persuadir a Ahab, que solo reclama de su tripulación la más estricta obediencia. El primer oficial reflexiona sobre si existe una forma legal de deponer a Ahab y evitar la tragedia. Sin embargo, su sentido de la ley impide a Starbuck encabezar un motín o, menos todavía, dar muerte al tiránico capitán. Las exigencias del deber llevarán finalmente al primer oficial a correr la misma suerte que Ahab y el resto de los tripulantes, con la excepción de Ismael, cuando Moby Dick embiste contra el buque y lo hunde.
“No solo es que quiera ejercer el poder, sino que encuentra la satisfacción más total en acaparar el mayor dominio posible”
Esta novela es el relato de un orgullo fatal, el de un hombre “con los ojos encendidos de desprecio y triunfo”. Encaja perfectamente en el retrato del líder populista de nuestro tiempo, preso de la libido dominandi. No solo es que quiera ejercer el poder, sino que encuentra la satisfacción más total en acaparar el mayor dominio posible. Por eso, suele caer, tal y como hace Ahab, en la insensatez de querer imponer su voluntad a la realidad misma. En cambio, Starbuck representa la prudencia, el límite y la aceptación de la condición humana