Se lanzan al mar, muchos de ellos sin saber nadar. Lo hacen con una suerte de salvavidas que no es de plástico inflable. Es sencillamente un sueño, un ridículo anhelo de alcanzar un paraíso prometido. Pero la vida —para los que no la perdieron en el Mediterráneo—, que en ocasiones no escatima al expresarse con toda su crudeza, no tarda en mostrarles que la pesadilla no ha hecho más que empezar. A grandes rasgos, así comienza el viacrucis de muchos inmigrantes una vez que han llegado a las costas españolas.
Cinco años después, la imagen, la crisis, se ha vuelto a repetir: las playas ceutíes se llenan de hombres, de niños, de mujeres solas, que se lanzaron al mar por desesperación, por carencia. Y llegan —llegaron, seguirán llegando— exhaustos, con la piel marcada por la sal, pero lo primero que escuchan es que no han encontrado ese edén que buscaban. El relato lo cuenta Zaira (pseudónimo), una voluntaria que hace cinco años estuvo en la primera línea atendiendo a quienes habían logrado sobrevivir a ese viacrucis, y ha compartido su experiencia con el periodista que escribe estas líneas. Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones y de la ayuda humanitaria de voluntarios como ella, la realidad de la España a la que llegan los migrantes resulta en un golpe que no escatima en crudeza: la frontera no termina en la orilla; es precisamente allí donde comienza. Y hoy, cuando Ceuta vive otra vez una crisis migratoria muy similar a la de mayo de 2021 —en la que, de golpe, llegaron 8.000 personas nadando, según datos oficiales, principalmente de nacionalidad marroquí, de las cuales 1.500 eran menores de edad—, aquella frase se repite como un mantra, creando el eco más brutal de la ciudad.
“La realidad de la España a la que llegan los migrantes resulta en un golpe que no escatima en crudeza: la frontera no termina en la orilla; es precisamente allí donde comienza”
El fracaso político y humanitario ante esta situación se expresa, desafortunadamente, con una paradoja difícil de digerir: sobrevivir no significa vivir. Los recién llegados descubren que la vida que salvaron en el agua —o durante los inimaginables viacrucis, llenos de infortunios y de condiciones infrahumanas, que difícilmente son narrables— se les niega en tierra. Hasta ahora, sabemos que, por lo menos, veintisiete personas han muerto en el mar, en el intento, pero los que sí llegaron están, como siempre, sin papeles, sin posibilidad de empadronarse, sin acceso a las ayudas del Gobierno español, y con un futuro que difícilmente les augura algo distinto a malvivir en las calles. Malvivir: verbo preciso; palabra que no admite consuelo. Los voluntarios, como Zaira, intentan amortiguar ese golpe, pero terminan ellos mismos estrellándose contra los muros burocráticos y sociales. Y la crisis actual multiplica esa impotencia: más personas, más hambre, más rechazo, más calles con gente que lo dejó todo para llegar a una tierra donde no tienen derecho a nada.
Ceuta presume de ser un lugar “de cuatro culturas”, pero Zaira insiste: no conviven, coexisten en paralelo, separadas por muros invisibles. Ella misma lo ha sufrido: ser española con apellido árabe basta para que el trato cambie en un banco, en la calle, en cualquier trámite. Si eso le ocurre, por ejemplo, a ella, que nació en España, ¿qué queda para los que llegan sin papeles, sin idioma, sin familia, sin nada? El racismo no es un rumor: es, sencillamente, un síntoma de un cáncer administrativo, local, regional, europeo y, quizá, global, que no termina de resolver una cuestión elemental: si la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, ¿cómo pretender que los más desfavorecidos no busquen migrar hacia los países donde se gesta el sueño de prosperidad? Y es, precisamente, aquí donde la responsabilidad política cobra una relevancia innegable, pero donde, paradójicamente, se empantana a la vez, debido a las posturas más radicales.
“El racismo no es un rumor: es, sencillamente, un síntoma de un cáncer administrativo, local, regional, europeo y, quizá, global”
Es, precisamente, aquí, donde la responsabilidad política cobra una relevancia innegable, pero donde, paradójicamente, termina empantanándose. Hoy, el gobierno ceutí pide la emergencia nacional —basándose en la Ley de Seguridad Nacional—, necesita del apoyo del ejército, pero en La Moncloa, la respuesta, hasta ahora, ha sido negativa. ¿Será que entrar en una tensión diplomática con Marruecos es un riesgo que el gobierno no quiere asumir? Otra pregunta muy incómoda (de otras tantas).
El “abrazo de Luna”, cifras inexactas y el daño de las fake news
La imagen que marcó la crisis migratoria de 2021 fue el abrazo de Luna: una voluntaria de la Cruz Roja, Luna Reyes, de veinte años, abrazó a un migrante senegalés recién llegado a la playa de El Tarajal. Sin embargo, esa fotografía también despertó los ímpetus más xenófobos de la España más extremista.
“Se me cae el alma al suelo”, confiesa Zaira. Así lo resume, después de un silencio que pesa más que mil palabras: “Ese abrazo es un recordatorio de lo que debería ser la sociedad, y no de lo que no es”. Para ella, la frontera entre España y Marruecos no es solo una línea que separa países; es algo que divide mundos, percepciones, y es un símbolo de que hay fronteras que justifican lo infrahumano.
Las cifras nunca son exactas; no pueden serlo. Pero, en 2021, durante apenas unos días, el estimado fue de entre 8.000 y 10.000 personas; hoy, ante el aluvión que sucedió hace unos días, las primeras estimaciones que maneja el Gobierno sitúan en alrededor de 50.000 las personas que han entrado en Ceuta desde Marruecos en las últimas 24 horas, al menos 7.000 de ellas menores de edad. No obstante, cuando Zaira dice que se le cae el alma al suelo, no lo dice por números sin rostro ni nombre, lo hace con conocimiento de causa: ella ha sido testigo de cómo miles de personas terminan durmiendo en la calle; ella ha visto a niños vagar, sin saber dónde están sus padres, sin rumbo ni destino.
“La frontera entre España y Marruecos no es solo una línea que separa países; es algo que divide mundos, percepciones”
“Una de las cosas que más valoro de mi trabajo es escuchar a esa gente. En España son recibidos como un problema, como una boca con hambre, como gente que quiere entrar al sistema pero no tiene derechos; sin embargo, son personas que también tienen que desahogarse, contar su vida, expresar sus sentimientos, y eso parece que no importa”, cuenta acongojada. Siguiendo la misma línea, pone sobre la mesa un tema de suma relevancia al respecto: los bulos y las fake news. “Después de las tristes imágenes de la avalancha de gente queriendo entrar a Europa, no faltaron los bulos diciendo que los migrantes ya estaban quemando un autobús o un colegio, y eso era falso”, añade. En 2021, los bulos y las noticias falsas no tardaron en circular por las redes: imágenes de gente quemando autobuses o colegios, acompañadas de textos xenófobos, creaban parte de la narrativa. Entonces, resultaron falsas, “aunque el daño ya estaba hecho”, comenta Zaira. No obstante, en esta ocasión, en 2026, la realidad sí se corresponde con los vídeos de avalanchas humanas saqueando negocios, de personas desbordando las plazas y malvivendo en condiciones miserables, además de los miles de flotadores y basura que ya cubren las playas.
Esta situación no ha hecho más que radicalizar el discurso político y migratorio. El choque administrativo entre Ceuta y Madrid solo demuestra que la política no siempre funciona con la rapidez necesaria ante situaciones de emergencia como esta. Emergencia, claro, política, pero también humanitaria y diplomática. ¿Quién se hará cargo de los menores no acompañados?, ¿cómo se resolverá la devolución de las personas que están en condiciones de ser repatriadas?, ¿a quiénes se les dará asilo, si es que esa llegase a ser una opción viable?, ¿cuánto tiempo tardará en resolverse esta situación, mientras la gente pernocta y deambula en las calles ceutíes causando el colapso social, económico y político en la ciudad autónoma? Esas, entre otras tantas, son muchas preguntas sin respuestas (ni urgentes, ni fáciles de encontrar).
La pobreza extrema, el motor de un fenómeno imparable
Cuando estalló la guerra civil en Costa de Marfil, en 2002, a su padre, los rebeldes lo mataron a golpes. Pero, antes de morir, le dio el poco dinero que tenía a su hijo y le dijo que se marchara a España. Koné, el protagonista de esta historia —incluida en el libro Una luna, del periodista Martín Caparrós—, se enteró de la muerte de su padre mientras vivía el viacrucis migratorio hacia Europa que muchos subsaharianos hacen con la idea de alcanzar el paraíso soñado. Ya en Madrid, después de haber arriesgado la vida en un viaje en condiciones infrahumanas hacia Canarias, se dio cuenta de que el paraíso no era lo que le habían contado.
Koné no sabía escribir ni leer, solo sabía sobrevivir cargando cosas, transportándolas, ayudando en trabajos mecánicos de ocasión. Solo sabía que había que llegar a España —y no a Francia, donde trataban, según le habían contado, muy mal a los africanos— porque ahí “iba a hacer dinero”. Su problema es que no tenía documentos: según lo cuenta Caparrós, muchos africanos logran quedarse en España, ya que sus órdenes de expulsión no se pueden cumplir, pues al llegar sin documentos, nunca tienen ni origen —y, por lo tanto, tampoco un destino— para ser repatriados. O, como lo señala también, muchos de sus países no permiten esas devoluciones humanas. Pero quedarse sin documentos es, de alguna manera, como no estar.
Cuando el periodista argentino le preguntó si, después de todo lo negativo —el racismo, la falta de oportunidades, la segregación y la discriminación, la nulidad de recursos, las puertas cerradas, el malvivir— él quería seguir en España, Koné respondió: “Bueno, a mí me gustaría quizás ir a Inglaterra, porque ahí hay negros ingleses y la gente los trata bien…”. Inmediatamente después, Caparrós escribió: “Para Koné, para tantos, siempre hay un lugar un poco más allá: un modo de mantener las ilusiones”.
“Muchos africanos logran quedarse en España, ya que sus órdenes de expulsión no se pueden cumplir, pues al llegar sin documentos, nunca tienen ni origen”
Por último, leer, dicen, cambia la forma de entender el mundo. Y viajar, según Miguel de Unamuno, curaba tantos otros males. Por eso es tan importante hacer lecturas que nos permitan comprender un poco más allá de lo meramente noticioso, del escándalo, de las preguntas alarmistas que no admiten respuestas reflexivas. Mientras tanto, tenemos, hoy, otra vez, como cada cinco años, o diez, o veinte, o treinta, crisis migratorias en las costas españolas que son, de alguna manera, el testimonio vivo de que, si el sistema económico sigue abriendo la brecha entre los más ricos y los más pobres, este fenómeno de crisis humanitaria y migratoria no tendrá una pronta solución. Y esto que estamos viendo hoy en Ceuta, como siempre, ha sido solo el síntoma de un problema, de un cáncer, mucho más grave y profundo: la pobreza extrema define muchas de las fronteras más dolorosas; y una de ellas es la que divide la frontera entre España y Marruecos.